Amigos de aymaralist:

Creo realmente que es necesario
que lean el siguiente art�culo
aparecido en Pulso y que es la
contestacion al articulo suscrito
por el Sr. Lazarte, tambien enviado
a esta lista. Aqu�, Garcia Linera
vislumbra otra forma de Estado 
Boliviano que pueda albergar
las m�ltiples identidades nacionales
que est�n decididas a hacerse
contar entre los nuevos actores de
la modernidad. Nos preguntabamos
si modernidad s� o modernidad no
pero la modernidad est� aqu�
siguiendo sus propias reglas y sin
pedirnos permiso a nosotros.
Resalto la �ltima frase del art�culo,
que creo que lo caracteriza muy bien:
"se trata de buscar una modernidad 
pol�tica a partir de lo que en realidad 
somos, y no simulando lo que nunca 
seremos ni podremos ser" �Hay acaso
una s�ntesis m�s lucida de lo que
buscan hoy en dia los movimientos
que se mueven bajo eso que llamamos
identidad aymara?

Saludos

Alex Condori


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http://www.pulsobolivia.com/analistas.html

Todav�a una instancia m�s tiene aqu� el debate entre
Alvaro Garc�a Linera y Jorge Lazarte sobre temas
te�ricos y pr�cticos de la pol�tica nacional del
momento presente. Se trata -dice el autor,
ambiciosamente- de buscar una modernidad pol�tica a
partir de lo que en realidad somos, y no simulando lo
que nunca seremos ni podremos ser.

DEMOCRACIA MULTINACIONAL Y MULTI-INSTITUCIONAL
�lvaro Garc�a Linera


El debate entablado con Jorge Lazarte en la revista
Tinkazos y en los �ltimos n�meros de PULSO ha puesto
en el tapete de discusi�n varios temas. El primero es
el de la caracterizaci�n de la crisis pol�tica actual.
A partir de una larga definici�n de la relaci�n
pol�tica llamada Estado y de sus componentes
estructurales hemos conceptualizado lo que vamos a
entender por crisis de Estado y, a partir de ello y de
la objetivaci�n sociol�gica de acontecimientos de la
vida pol�tica contempor�nea en Bolivia, hemos
propuesto que la actual coyuntura pol�tica puede ser
sintetizada como una crisis de Estado. Lazarte, fiel a
su inclinaci�n ideol�gica de acercarse a la realidad
no para estudiarla como es, sino para decirle c�mo
debe ser, no recurre a ning�n acontecimiento hist�rico
para esclarecer sus argumentaciones y, en el orden
l�gico de las ideas, mutila una frase de Engels para
decirnos que el Estado es un �producto de la sociedad�
(�acaso alguien pens� que era un producto de la
naturaleza o la gracia divina?) y que adem�s es �un
conjunto de instituciones que garantizan el orden de
la sociedad�, con lo que, de un plumazo, deja de lado
todo el debate en ciencias sociales que, desde Kant,
pasando por Marx, Weber, Elias o Bourdieu, ha centrado
su an�lisis del Estado en torno al monopolio y la
legitimidad como componentes sustanciales que lo
caracterizan como organizaci�n pol�tica. Con todo,
Lazarte tiene que admitir al final que no se necesita
la �idea� de un Estado alternativo para hablar de
crisis de Estado, tal como hab�a se�alado
inicialmente. Dejo para el anecdotario de las
impotencias intelectuales modernas la desesperaci�n
por rebatir la l�gica de mis argumentos con el
�recuerdo� de mi actividad pasada o, peor a�n,
mediante la atribuci�n de textos que no son de mi
autor�a.

Otro tema abordado en el debate es el de la identidad.
Frente a una mirada petrificada y esencialista que
inicialmente propuso Lazarte, argumentamos que la
identidad es un hecho relacional, dial�gico, muchas
veces contingente y siempre producto de un trabajo de
resignificaci�n del orden simb�lico de las
colectividades. Lazarte tuvo que admitir que es as�. 

De la misma forma, en cuanto a la relaci�n entre
identidad y modernidad que Lazarte pretend�a divorciar
atribuy�ndoles a las identidades ind�genas un apego
irreflexivo a un orden social arcaico, mostramos que
es posible, y de hecho �sta es una de las palancas
movilizadoras de la identidad ind�gena aymara
contempor�nea, reivindicar una identidad como medio de
acceso y conquista de los bienes materiales y
culturales de la modernidad negada hasta hoy por la
persistencia de relaciones coloniales en el �mbito
estatal. Lazarte ha tenido tambi�n que retractarse al
respecto.

Una �ltima ofuscaci�n de Lazarte es la referida a la
�universalidad� de los valores democr�ticos y
ciudadanos y su vinculaci�n con la comunidad cultural.
Hay que recordar que desde tiempo atr�s las ciencias
sociales han logrado esclarecer que muchos de los
llamados �valores universales� modernos son
arbitrariedades hist�ricas producto de determinadas
correlaciones de fuerzas materiales y discursivas que
transmutaron valores e intereses �locales y parciales�
en valores generales, primero locales y luego
�universales�. Como nos lo recuerda Rorty, que uno �en
apego a su capacidad de raciocinio y argumentaci�n�
pueda asumir un compromiso moral con esos valores no
elude la comprensi�n de su contingencia y
temporalidad. La mistificaci�n de los "universalismos"
como norma por encima de la sociedad y de su capacidad
de reflexi�n argumentativa, no s�lo es insostenible
intelectualmente, sino que es una impostura ideol�gica
detr�s de la cual pueden agazaparse viejos y nuevos
autoritarismos (el �socialismo real� de ayer, la
�econom�a de libre mercado� de hoy)

Con todo, las democracias multiculturales y las
reivindicaciones �tnico culturales no tienen por qu�
ser contradictorias con el ejercicio de los hoy
predominantes valores �universales� de igualdad,
tolerancia y libertad individual. Como lo ha mostrado
el liberal Kymlicka (2003), los derechos colectivos de
autogobierno de los pueblos y nacionalidades dominados
colonizados, son la mejor manera de defender la
�cultura societaria de cada pueblo�, pues ella brinda
el �contexto de elecci�n individual� de las opciones y
valoraciones sobre la igualdad y la libertad que
fundan precisamente la ciudadan�a moderna. A esto es a
lo que Iris Young ha denominado �ciudadan�a
diferenciada�, tanto m�s v�lida si, como t�midamente
admite Lazarte, los ind�genas en Bolivia son la
mayor�a.

 * Fisuras estructurales del Estado boliviano

Pero, m�s all� de esta aburrida tarea de lidiar con
prejuicios e ignorancias, lo que importa ahora es
poder comprender la trama profunda de los conflictos
sociales que atraviesa Bolivia y, a partir de ello, de
las fuerzas y potencialidades que esas
conflictividades destacan, proponer posibles v�as de
resoluci�n de esos desacuerdos hist�ricos.

En este sentido, lo que he propuesto es que existen
dos elementos centrales para entender tanto las
contradicciones actuales que est�n desgarrando a la
sociedad como los conflictos pasados y, probablemente,
los conflictos futuros.

El primero es la fisura, la grieta entre el predominio
arbitrario de un orden estatal monocultural en medio
de una sociedad mayoritariamente multicultural y
multinacional. En 178 a�os de vida republicana, la
cultura leg�tima �esto es la cultura dominante y
consagrada en el �mbito p�blico, el r�gimen de
derechos culturales, el idioma de reconocimiento
p�blico y ascenso social, los valores socialmente
prestigiosos y la narrativa de la historia oficial�
est� monopolizada por una sola matriz cultural, la
mestiza castellano-hablante, minoritaria hasta hoy, en
tanto que las otras matrices culturales ind�genas,
igualmente minoritarias por separado pero mayoritarias
si se suman, no son reconocidas institucionalmente
como culturas leg�timas, como veh�culos de ascenso
social y de ejercicio de derechos ciudadanos. Esto ha
llevado a la formaci�n de un mercado laboral
�tnicamente estratificado (Jim�nez, 2000), a un
mercado ling��stico con un polo de premiaci�n social
en torno al castellano, un polo de devaluaci�n social
en torno a los idiomas ind�genas y una infinidad de
gradaciones intermedias, y a una narrativa
hist�rico-cultural de Estado que desconoce los
sistemas de significaci�n social del mayoritario mundo
ind�gena. Todo ello ha hecho de la etnicidad un tipo
de capital que, como en la Colonia y junto con el
capital econ�mico y social, configuran el r�gimen de
enclasamientos de la sociedad boliviana. El problema
no se resuelve entonces si hay m�s o menos diputados
ind�genas en el �mbito parlamentario, como
ingenuamente propone Lazarte. El problema es c�mo se
desmonta estructuralmente la monoetnicidad estatal y
la colonialidad de fondo de toda la organizaci�n
social de la rep�blica. Esto es algo que ciertamente
Lazarte no logra comprender y mucho menos tiene
propuestas al respecto.

Las recurrentes sublevaciones ind�genas, como la
actual, han sido la manera de visibilizaci�n de este
desencuentro entre sociedad y Estado; lo nuevo de hoy
es que adem�s de la radicalidad b�lica de los
ind�genas insurgentes y de la capacidad real de ocupar
de facto el control pol�tico de amplios territorios,
existe una �lite intelectual ind�gena con suficiente
irradiaci�n discursiva como para hacer de la demanda
ind�gena un pleno movimiento de reivindicaci�n
nacional ind�gena. Y la experiencia del mundo muestra
que los nacionalismos descolonizadores (distintos del
nacionalismo de gran potencia), una vez desatados son
irreversibles y s�lo pueden ser resueltos mediante la
construcci�n de estados multinacionales o la
conformaci�n de estados independientes.

La segunda grieta estructural de la vida pol�tica es
que no existe, ni ha existido en Bolivia, un s�lo
campo pol�tico, esto es un s�lo r�gimen normativo de
producci�n de lo pol�tico. Por lo general han existido
dos campos pol�ticos: el estatal, con sus leyes, sus
sistemas de partidos, sus normas, formas de producci�n
del capital pol�tico y modos de representaci�n liberal
de la voluntad colectiva; y el campo pol�tico
corporativo, basado en los sindicatos, los ayllus, las
comunidades, con sus propias reglas de funcionamiento,
su sistema de rotaci�n de cargos, de fusi�n de la
responsabilidad pol�tica con la �tica del
comportamiento cotidiano, con sus sistemas normativos
de autoridades tradicionales y sus formas consensuales
de toma de decisiones. Aunque ha habido momentos de
parcial ensamblamiento de los dos campos pol�ticos (la
ciudadan�a sindical nacida de la revoluci�n de 1952),
el campo pol�tico estatal, como cultura pol�tica
enraizada en el sistema de creencias, predomina en
sectores urbanos medios, con incursiones temporales e
instrumentales en el resto del pa�s al momento de la
votaci�n; en cambio, el otro campo pol�tico est�
interiorizado en los h�bitos pol�ticos
consuetudinarios de las zonas urbanas marginales y la
mayor parte del �rea rural.

Una buena parte de la poblaci�n tiene un r�gimen de
autoridad socio-pol�tica local o regional no estatal
(sindicatos, ayllus, federaciones, gremios), una
cultura pol�tica no liberal, unas formas de toma de
decisiones no individuadas y, de ah� que
independientemente de lo que suceda en el Parlamento o
los partidos, se moviliza, presiona al gobierno, lo
obliga a cambiar de pol�ticas p�blicas y, como viene
sucediendo en el altiplano norte, en el Chapare y
norte de Potos�, ocupa el mando pol�tico en extensos
espacios territoriales del pa�s desplazando al Estado
y sus normas como modo de regulaci�n normativa de la
autoridad y el consenso.

Este sistema de autoridad existi� antes de que hubiera
Bolivia como Estado y se mantendr� mientras los
sistemas tradicionales de organizar la econom�a y la
sociedad �que constituyen el soporte t�cnico de este
tipo de corporatismo pol�tico�, se mantengan y regulen
la reproducci�n material de la mayor�a de los
bolivianos.

 * Democracia multicultural y multi-institucional

Ahora, �c�mo enmendar esta esquizofrenia pol�tica de
un Estado que establece un tipo de ciudadan�a asentada
en unos esquemas simb�licos monoling�es y
monoculturales para una sociedad multicultural? �C�mo
superar la esquizofrenia institucional de un Estado
que se asume como moderno, liberal, en una sociedad
cuyo secular r�gimen normativo pol�tico es
corporativo, asamble�stico y comunal?

Ignorar el problema es, a estas alturas, no s�lo
intelectualmente est�ril sino peligroso pues fomenta
con su necedad la persistencia de los conflictos
estructurales que nos tienen devor�ndonos como pa�s.

El argumento de que tocar estos temas puede afectar la
unidad nacional o la democracia es sencillamente
insostenible, pues olvida que precisamente hoy estamos
como estamos por haber jugado a simular una unidad de
escaparate apenas sostenida por los alfileres de la
coacci�n estatal, y porque olvida que la democracia no
es el sistema policial del orden, sino la producci�n
querellante de igualdad sustantiva en el acceso a los
recursos pol�ticos, culturales y econ�micos que
dispone una sociedad.

La sutura de estos abismos estructurales que est�n
desgarrando a la sociedad boliviana pasa entonces por
la articulaci�n de las dos dimensiones del conflicto:
la dimensi�n multicultural o multinacional de la
realidad, y la dimensi�n multi-institucional o
multicivilizatoria del r�gimen pol�tico.

Un modo de trabajar estas dos dimensiones que
proponemos, es el de transformar el Estado para
�sincerarlo� con la sociedad dando lugar a un tipo de
Estado multicultural y multi-institucional. En lo que
respecta al primer componente, la teor�a pol�tica y la
realidad de otros estados multiculturales brindan
valiosos aportes para una discusi�n seria y
desprejuiciada. Para el segundo componente, denominado
por Taylor de �diversidad profunda�, se requiere
ensayar dise�os institucionales m�s end�genos, pues no
es una tem�tica com�n en el resto de los estados, al
menos en la proporci�n que aqu� ocupa.

Para el primer tema, el de la multiculturalidad,
proponemos la segmentaci�n vertical de la estructura
de poder estatal con niveles diferenciados de
competencias pol�ticas. A escala inferior, los
municipios con sus actuales atribuciones; a nivel meso
o sub-nacional, reg�menes de autonom�a por identidad
cultural aymara y qheswa, que son las dos identidades
ind�genas mayores y, en el �mbito superior, un sistema
de gobierno general que unifique y sintetice la
diversidad cultural del pa�s. Esto supondr�a: 

a) El reconocimiento constitucional de autonom�as
regionales por comunidad cultural y/o ling��stica, a
fin de garantizar, por encima de las coyunturas, la
igualdad de las culturas en el Estado. La regi�n
aut�noma gozar� de su propio r�gimen normativo
constitucional considerado como norma b�sica de la
regi�n aut�noma, aunque de rango inmediatamente
inferior a la constituci�n de la comunidad pol�tica
del Estado boliviano. 

b) Un Ejecutivo y una C�mara Legislativa en la regi�n
auton�mica de entre cuyos miembros es elegido el
Ejecutivo del r�gimen aut�nomo. 

c) Gobierno aut�nomo con competencias pol�ticas
totales en el sistema educativo primario y superior,
administraci�n p�blica, titulaci�n de tierras, medios
de comunicaci�n, impuestos, vivienda, obras p�blicas,
turismo, comercio, industria, transporte, comercio
interior, medio ambiente, derecho civil, polic�a y
recursos naturales (agua, bosques, flora, fauna,
recursos minerales e hidrocarbur�feros).

d) Financiamiento estable y previsible para el
funcionamiento del r�gimen aut�nomo. Se puede lograr
esto a trav�s de la fijaci�n de la recaudaci�n de
determinados impuestos en el �mbito de la regi�n
aut�noma m�s la aplicaci�n del principio de la equidad
y la solidaridad estatal por medio de la transferencia
condicionada e incondicionada de recursos por parte
del Estado para el funcionamiento regular de la
administraci�n auton�mica. 

En el �mbito macro o superior que sintetiza la
sociedad: 

a) Representaci�n y participaci�n de la comunidad
auton�mica en los entes de gobierno general del
Estado, tanto en la C�mara Alta, C�mara Baja como en
los ministerios.

b) En el caso de la C�mara Baja, compuesta por
representantes de todas las culturas y con
competencias sobre el gobierno del Estado, presencia
num�rica de diputados de las comunidades culturales
ind�genas en funci�n del porcentaje que representan
los aymaras y qheswas respecto al total de los
habitantes de Bolivia, (sumando a los dos,
aproximadamente el 60 por ciento); en el caso de otras
comunidades auton�micas ind�genas, como las del
oriente, es posible establecer el criterio de
sobrerepresentaci�n a fin de potenciar la presencia de
comunidades culturales peque�as.

c) En el caso de la C�mara Alta, que representa a las
regiones y departamentos, igual presencia proporcional
de los gobiernos auton�micos con criterios de igualdad
y simetr�a institucional.

d) En el caso del Ejecutivo del Estado, presencia
proporcional de las principales comunidades
ling��sticas/culturales (castellana, aymara y qheswa)
en la composici�n del gabinete a fin de llevar hasta
la propia cabeza del Ejecutivo la diversidad
ling��stica del pa�s y el equilibrio de prerrogativas
de las comunidades ling��sticas m�s importantes. Esto
ciertamente no anula la competencia partidaria, pero
obliga al mismo sistema partidario a
multiculturalizarse, o a establecer alianzas
partidarias multiculturales a fin de poder gobernar.

En lo que respecta a la diversidad institucional del
ejercicio de derechos pol�ticos democr�ticos, esto
podr�a darse por medio de:

a) El reconocimiento constitucional de sistemas
pol�ticos y sistemas de conformaci�n de autoridad
practicados por las comunidades campesinas, ayllus,
barrios y gremios (federaciones, confederaciones,
asociaciones) como sistemas leg�timos de elecci�n y
toma de decisiones en �mbitos puntuales del sistema de
gobierno a escala general, regional y local.

b) Los �mbitos leg�timos de elecci�n de representantes
donde pueden actuar estos otros sistemas de
deliberaci�n, son: 1) Los representantes
parlamentarios del nivel superior del Estado (o
comunidad pol�tica general), en las regiones en las
que estas formas de organizaci�n pol�tica son
predominantes o tienen una presencia parcial; 2) Los
parlamentos de las regiones auton�micas de
autogobierno ind�gena; la combinaci�n porcentual de
los representantes elegidos v�a partido o v�a
estructuras corporativas pudiera ser establecida,
dependiendo de la amplitud, historia y presencia de
cada una de estas formas organizativas, en cada regi�n
auton�mica y circunscripci�n departamental; 3)
Obligatoriedad de reconocimiento, en calidad de
sanci�n o veto, de su deliberaci�n en torno a temas
centrales de la gesti�n estatal (propiedad estatal de
recursos, inversi�n publica global, reformas
constitucionales, etc�tera).

En s�ntesis, lo que proponemos es que si Bolivia es
una sobreposici�n de varias culturas y varias
civilizaciones, el Estado como s�ntesis debiera ser
una institucionalidad capaz de articular, de componer
una ingenier�a pol�tica formada por una presencia
proporcional de las culturas e identidades
ling��sticas, adem�s de unas instituciones modernas y
tradicionales, deliberativas, representativas y
asamble�sticas en la toma de decisiones a escala
general, �nacional�.

Esto significa que en el �mbito de los poderes
legislativos, judiciales y ejecutivos, aparte de
distribuir proporcionalmente su administraci�n
unitaria general y territorial en funci�n de la
procedencia �tnica y ling��stica de las tres
identidades culturales mayoritarias, las formas de
gesti�n, representaci�n y de intervenci�n social
deber�an incorporar m�ltiples mecanismos pol�ticos
compuestos, como la democracia representativa, v�a
partidos, la democracia deliberativa v�a asambleas, la
democracia comunal, v�a acci�n normativa de
comunidades y ayllus, etc�tera. De lo que se trata
entonces ser�a de componer a escala macro, general,
instituciones modernas con tradicionales,
representaci�n multicultural con representaci�n
general en correspondencia a la realidad multicultural
y multicivilizatoria de la sociedad boliviana. En
otras palabras, se trata de buscar una modernidad
pol�tica a partir de lo que en realidad somos, y no
simulando lo que nunca seremos ni podremos ser. 


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