Indígenas y el calentamiento de la “guerra fría”
Escribe: Guillermo Vásquez Cuentas | LOS ANDES; Puno, Perú. 28 jul 2009
En el Perú de hoy, la naturaleza y fines de los conflictos sociales así como
los resultados transitorios de las masivas protestas -nativa y provinciana-
antigubernamentales que recientemente han convulsionado el país, junto con el
ruidoso llamado a combate por el orden proclamado por el mandatario Alan García
y las tomas de posición que todo ello ha suscitado por parte de organizaciones
políticas, empresariales y sociales de distinta naturaleza, están perfilando
una nueva etapa en nuestra vida política, en la que ya asoma perceptible el
enfrentamiento entre dos grandes sectores de peruanos. En esa ofensiva, las
mayorías poblacionales compuestas por indígenas, es decir indios y cholos,
están llamados a cumplir un decisivo protagonismo. Veamos.
No es posible abordar aquí la totalidad de los aspectos –bastante
controvertidos, por lo demás- que ofrece el tema titulado. Entre otras cosas
porque hay consideraciones teóricas y conceptuales que es necesario precisar y
optar para redondear un discurso coherente.
Hay, por ejemplo, discusiones semánticas e históricas sobre el uso de los
términos “indígena”, “indio”, “cholo”, que las salvamos de pasada apelando a
los significados que predominan en el habla común: Indígenas, como grupos
humanos cuyos orígenes preceden a la invasión europea al continente americano y
subsisten preservando en lo fundamental sus tradicionales culturales. Indios y
cholos, como individuos y colectividades indígenas que se distinguen por sus
rasgos étnicos, más o menos puros en el primer caso y estos mismos con algún
grado de mestizaje, en el segundo.
Por otro lado, el enfrentamiento o conflicto latente -siempre pronto a
manifestarse en formas violentas- es en esencia, de naturaleza política.
Conceptuamos operativamente la Política como un complejo de actividades
relativas a la conducción de comunidades humanas; actividades que surgen de las
relaciones sociales de poder coactivo y coercitivo. Este poder -como conjunto
de capacidades para producir efectos deseados en el medio social- por un lado
es usado o empleado en la búsqueda de fines y consecución de objetivos de
interés común y de otro, es objeto de lucha por su disposición, ejercicio y
control.
La política tiene pues dos caras, como el dios romano Jano o como el monolito
bifronte que el cura Arriaga mandó desaparecer en Bebedero, cerca de Juli, en
tiempos de la “extirpación de idolatrías”: Una cara o faz refleja el aspecto
arquitectónico de la política, en la que el poder (detentado, controlado,
ejercido por quienes están en la posición de mando es decir los gobernantes) es
insustituible instrumento para modificar la realidad en beneficio común
(organizar la sociedad, dar educación, salud, seguridad, construir
infraestructura, etc. etc.); en teoría se la conoce como “Acción Política”. La
otra cara, refleja el aspecto agonal[1] o conflictivo de la política, en la que
el poder es objeto de disputa por su control y por las decisiones que desde él
se adoptan o deben adoptarse en su ejercicio. Se la conoce como “Lucha
Política” y adopta diversas formas: La más común está dada por el sufragio o
“las elecciones” (el
poder nace de la voluntad popular) que el campo indígena debe prepararse para
ganarlas. En teoría y en historia hay también otras formas de llegar al poder,
tales como la sucesión constitucional, los golpes de Estado, subversión armada,
insurgencia popular, etc.
De esa forma, quien desee la superación de su situación “actual” modificándola
positivamente en provecho propio, de los suyos y de la comunidad humana en que
vive, tiene que disponer del poder suficiente para ejecutar la acción política;
y, para acceder a ese poder tiene que librar y desarrollar la lucha política.
Así de simple. Ergo, si las mayorías peruanas están compuestas por indígenas y
si estos quieren alcanzar sus reivindicaciones que vienen desde siglos,
entonces tienen que luchar políticamente para acceder al poder como requisito
ineludible para concretar sus deseadas realizaciones. No hay otro camino.
“Salvo el poder, todo es ilusión” dijo certeramente un destacadísimo dirigente
mundial.
MAYORÍAS Y MINORÍAS
En los países llamados “altamente industrializados” o desarrollados las
minorías étnicas indígenas no tienen acceso a las altas esferas de decisión
política, lo cual se ha justificado por la afirmación de que la democracia es
el “gobierno de las mayorías”. Contradiciendo esa interesada frase sentenciosa,
en el Perú, los indígenas (indios y cholos) pese a constituir la mayoría de la
población[2], nunca en la vida republicana han accedido a esas altas esferas,
salvo contadas personas individuales (uno que otro ministro) o muy reducidos
grupos en el parlamento[3 ]. El estudio de las causas de ese fenómeno tiene
muchas referencias escritas y puede llenar tomos y bibliotecas.
Los partidos políticos tradicionales y hasta los “nuevos” creados para
perpetuar el “sistema”, liderados siempre por blanco-mestizos, se han encargado
de manejar subrepticiamente el falso concepto de la inferioridad racial y de la
misión “civilizadora” de la llamada “cultura occidental y cristiana”, con el
propósito subyacente –y permanente– de poner mil y una cortapisas a la
participación política efectiva de los indígenas en los asuntos directamente
ligados a sus vidas y a sus destinos. Ese ha sido y sigue siendo uno de los
rasgos característicos de la política peruana. El reciente caso de Bagua y las
luchas de indígenas selváticos, no hace sino confirmarlo.
“INTEGRACIÓN” E “INCLUSIÓN”
La clase política tradicional conformada por partidos, movimientos, grupos y
personas que se pelean por tomar el poder político y que, en consecuencia, se
han turnado en la conducción del Estado desde el nacimiento de nuestra
república, a despecho sus matices, han adoptado y aplicado teorías foráneas de
apoyo a su propósito permanente de mantener la sujeción de los indígenas a sus
propias concepciones ideológicas y a su acción política.
De ahí nacieron las teorías de la “integración” y ahora de la fementida
“inclusión”. Ambas, en último análisis, buscan hacer que las mayorías indígenas
se incorporen a la cultura de dominación adoptando los sistemas de ideas y las
prácticas sociales de ésta, sus creencias, mentalidad, usos y costumbres,
valores y en general todo lo que esa cultura conlleva incluyendo, desde luego,
y principalmente, el sistema político-económico uno de cuyos modernos rótulos
es: “democracia liberal”.
Si no se puede eliminar a los indígenas como se hizo en EEUU y Argentina, por
ejemplo (y que en estos tiempos se pretende imitar en Chile y Colombia), en el
Perú y en el pensamiento enraizado de la clase política tradicional dominante,
no queda sino combatir soterradamente las culturas nativas, integrando o
incluyendo a las masas de indios y cholos (“ignorantes” según su particular
lectura de la realidad peruana) al sistema económico, político, social y
cultural impuesto por esa misma clase. El hecho objetivo de estar frente a una
población indígena mayoritaria con la gran diversidad cultural que muestran las
nacionalidades originarias que conforman esa población, los obliga a esas
estrategias integradoras e incluyentes.
Ante el probado hecho etno-histórico y socio cultural de que en el Perú
coexisten varias nacionalidades y/o colectividades humanas que muestran rasgos
característicos nacionales, los indígenas pugnan por que se acepte finalmente
esa diversidad y lejos de erradicarla se afirme en un Estado Plurinacional,
pues con el mismo quedaría reconocido el carácter esencial de la realidad
peruana: pluricultural, multiétnica, multilingüe.
En cambio, la clase política peruana se orienta a consolidar un Estado-Nación,
un “Estado nacional”, un Estado erigido sobre una y única Nación. Este
propósito parte del reconocimiento unánime de que la nación peruana no existe,
sino que “está en proceso de formación” y para impulsar ese proceso es menester
unificar mentalidades, socializar concepciones económicas, políticas,
culturales “oficiales”; homologar prácticas sociales. Por eso es que defiende
con uñas y dientes el Estado Unitario recusando el Estado Federal, ya que éste
a tono con la realidad peruana tendría que ser esencialmente plurinacional.
Para ello, “integración” e “inclusión” aparecen ante los ojos de esa clase
política de partidos tradicionales, como soluciones urgentes ante un futuro
problemático para su propia subsistencia como “clase dirigente”, dado que un
desplazamiento traumático del poder político a manos de los indígenas, va
cobrando cada día mayores posibilidades.
LA LUCHA DE RESISTENCIA
La lucha de resistencia a esos objetivos, desplegada generosamente por las
capas sociales más lúcidas y combativas del campo indígena peruano, no es
nueva, aunque en nuestro tiempo va ganando creciente protagonismo. Es lucha
silenciosa y pacífica cuando se persiste en mantener y hasta difundir las ricas
manifestaciones culturales de la cultura indígena andina tales como las
cosmovisiones, las creencias, lenguas, mores, y todas las particularidades de
la creación cultural que define la identidad de las diversas nacionalidades
indígenas existentes en nuestro país; y, asume ribetes violentos cuando se
acude a la protesta física ante los actos de autoridad que lesionan sus
derechos o que desatienden y burlan sus expectativas en sus naturales deseos de
mejorar su deplorable situación.
Felizmente, en esas luchas en el campo indígena peruano se viene ganando
experiencia y con el tiempo puede llegar y sobrepasar al nivel de desarrollo
alcanzado por las masas organizadas de indígenas bolivianos y ecuatorianos. Por
lo demás, en todo el continente americano va creciendo un despertar de los
indígenas, que pone de vuelta y media a los analistas políticos futurólogos de
ciertos países, en cuyos estudios el caso peruano convoca las mayores
preocupaciones.
LAS FORTALEZAS Y POSIBILIDADES
Las fortalezas y posibilidades del campo indígena para la lucha política son
muchas y merecen mayor análisis. Digamos por ahora: que los indígenas
constituyen la gran mayoría del pueblo peruano y la mayoría de las fuerzas
productoras del país; que su sentido de identidad se afirma cada vez más; que
no ha perdido la práctica de instituciones-costumbre que hacen efectiva la
solidaridad; que están indisolublemente ligados a la tierra y al territorio que
ocupan; que sus cuadros dirigentes y profesionales se incrementan cada día en
calidad y cantidad; que, en fin, se extiende más la conciencia indígena por las
reivindicaciones secularmente pendientes que vienen desde orígenes históricos
comunes, las mismas que fundamentan y dan motivos a su lucha política.
LIMITACIONES O DEBILIDADES
Para vertebrar esas luchas en pos de objetivos más ambiciosos que tengan que
ver con la absolutamente necesaria toma del poder del Estado, está haciendo
falta a gritos un liderazgo legítimo y eficaz. Y hace falta además, con igual
rango de importancia, precisar una visión estratégica de largo alcance que
concentre en pocas palabras los deseos e intereses más sentidos de los
indígenas.
Es cierto que existen muchos dirigentes de muchas organizaciones de campesinos
indígenas; pero su nivel de preparación teórica y práctica en el amplio campo
de la lucha política, es decir en la cara o faz agonal, confrontacional,
conflictiva de la política, todavía se encuentra en proceso de maduración. De
otro lado, con explicable apresuramiento nacen como hongos organizaciones
representativas de los indígenas de distintas nacionalidades y
circunscripciones territoriales, lo cual tiene de positivo un dinamismo
encomiable en la búsqueda de formas organizativas que permitan participar con
voz propia en la lucha. Sin embargo, en ese empeño conviene alertar sobre
algunas “organizaciones” conformadas solamente por unas cuantas personas sin
bases orgánicas que los respalden, premunidas de papel membretado y sellos post
firma, para emitir grandilocuentes comunicados.
No ha surgido aún, no se perfilado con nitidez, un líder o un grupo líder con
capacidad de convocatoria a millones de indígenas y capacidad para conducirlos
exitosamente a los nuevos destinos que le corresponden.
Tampoco existe la enunciación de fines y objetivos que configuren una visión
estratégica indígena y peruana, que se introyecte como consenso o cuando menos
como apoyo mayoritario en la conciencia de los indígenas y sirva como motor
impulsor en su lucha política. Los deseos, intereses y aspiraciones latentes
entre las múltiples colectividades de indígenas, muestra gran diversidad puesto
que van desde opciones marxistas, por tanto materialistas, hasta aquellas a las
que podríamos llamar espiritualistas, esotéricas. Este es un asunto peliagudo.
La ausencia de un liderazgo director y conductor con capacidades convocatorias,
así como la existencia de un amplio espectro de concepciones sobre el deber-ser
del campo indígena en nuestro país, son problemas considerablemente complejos y
difíciles que en algún momento tendrán que encararse y resolverse, y las
soluciones tendrán que surgir a través de y con la lucha política, dure lo que
ella tenga que durar.
LA DECLARATORIA DE GUERRA A ENFRENTAR
Hace unas semanas el presidente Alan García publicó un ensayo corto titulado “A
la fe de la inmensa mayoría”, cuyo análisis y tomas de posición frente a sus
mensajes y llamados, ha consumido toneladas de tinta y papel, muchas horas de
programas de televisión y espacio nada desdeñable en Internet.
El documento contiene la caracterización de los “malos”: La minoría (50,000
personas) “antisistema” que bloquea carreteras, multiplica blogs, “azuza a los
comunicadores, se adueña con violencia de la noticia”, predica el estatismo, se
opone a las inversiones, aprovecha cualquier reclamo para impulsar la violencia
y promover un “levantamiento general del los pueblos” complotando contra la
democracia con apoyo de algunos gobiernos extranjeros con los que estaríamos en
“guerra fría” en el continente.
La alusión a los indígenas es clara y a ellos se ha endilgado el calificativo
de enemigos del “sistema”, del “Estado”, de la “democracia”, del “gobierno”,
del Perú; términos éstos que durante los sucesos de Bagua, la machaconería
mediática oficialista ha convertido en sinónimos.
Como se ve, para el presidente García las mayorías en el Perú no son los
indígenas sobre quienes recaen las miserias del la acción política del
gobierno. Deducimos que para él la “inmensa mayoría” está conformada por
empresarios, inversionistas nacionales y extranjeros, militantes de su partido
y de los partidos que lo apoyan, pobladores mestizos de ciudades importantes,
servidores políticamente afines de la administración pública, etc.
Estrictamente, a ellos parecen dirigidas las instrucciones políticas que
aparecen al final de su escrito. Les ha dicho: Eviten que “el monopolio de la
movilización esté en manos de los antisistema” (es decir salgan a la calle a
marchar y gritar), “usen más el teléfono para exponer en las radios y en los
blogs sus ideas”, envíen cartas a los medios, exijan más definición a
parlamentarios y alcaldes…
Pero donde el discurso alanista constituye poco menos que una declaratoria de
guerra es cuando ordena “crear grupos de acción”. ¿Con qué finalidad? Puede
suponerse que se trata de grupos de choque, de contra-agitación y
contra-propaganda, preparados para imponer el ORDEN que el presidente dispuso
como consigna al nuevo premier y a los ministros del Interior y de Defensa, así
como para enfrentar la “guerra fría” que viene del frente externo.
Pues bien, la guerra además de está fría está declarada. Es posible que las
masas indígenas tomen una posición “caliente” frente a ella. En los próximos
meses lo sabremos.
En esta esquinaaaaaaa…..
Lima 20 de julio de 2009
NOTAS: 1 El término viene de “agonía”: lucha final e intensa de las fuerzas
vitales del organismo humano, por sobrevivir. 2 Los países donde el problema
indígena engloba la gran mayoría de la población son México, Perú Bolivia,
Ecuador y Guatemala. 3 Es necesario señalar que Alejandro Toledo, aunque
conocido por uno de sus motes como “cholo”, es en realidad un blanco-mestizo,
cuyo pensamiento social y político esta marcado a fuego por liberalismo de
Harvard y Stanford (universidades estadounidenses gonfaloneras del liberalismo
globalizador) y por tanto cerca de la ideología y praxis del imperialismo
demoliberal y lejos, muy lejos de opciones indígenas e indigenistas, como lo
demostró durante su gobierno
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