http://www.a-desk.org/highlights/spip.php?article1774

En mi entrada anterior, analizaba las reticencias que las licencias
Creative Commons de uso no comercial (NC) despiertan en algunos sectores
de la llamada “cultura libre”. Argumentaba que tales reticencias delatan
un desinterés por establecer distinciones entre dos lógicas económicas
distintas: la comercial, basada explícitamente en los intercambios
mercantiles, y la del don, sustentada en la generosidad y el altruismo. En
el fondo, esta actitud pone en evidencia una falta de voluntad por
comprender las motivaciones que impulsan los actos creativos.

Posiblemente, este desinterés por las motivaciones de la creación tenga su
explicación en la actitud utilitarista que, al menos en parte, ha animado
a la cultura libre desde su gestación. Es bien sabido que el nacimiento y
la consolidación de esta tendencia social han estado muy vinculados al
movimiento del software libre, surgido en las últimas décadas del siglo
pasado. Y no es de extrañar que la cultura libre goce de tanto
predicamento entre los programadores. Las licencias libres del tipo GNU
GPL se han convertido en un factor que ha permitido crear ricos
ecosistemas en los que desarrolladores y empresas grandes y pequeñas
colaboran de una manera más o menos informal en la escritura y el
perfeccionamiento del código de software.

En efecto, la posibilidad de utilizar, estudiar, distribuir y mejorar
programas informáticos inherentes al software libre no solo ha permitido
desarrollar con éxito proyectos de valor excepcional para el mundo
digital, sino que, a menudo, ha creado entornos de colaboración muy
provechosos para quienes participan en ellos. Precisamente, una de las
razones que explican la consolidación de las comunidades del software
libre radica en su capacidad de generar beneficios para sus participantes,
al margen del reconocimiento y la satisfacción vinculados a los
comportamientos altruistas. En realidad, el éxito de muchos proyectos
basados en este tipo de software está en el hecho de que resulta más
beneficioso mantener el código libre que hacerlo privativo.

Cito un fragmento de Remix, de Lawrence Lessig:

“[...] hay múltiples razones para creer que las características
específicas del software libre determinan que sea razonable mantener libre
su código –por ejemplo, los costes de sincronización de una versión
privada a menudo exceden abrumadoramente cualquier beneficio derivado de
mantener el código privado. IBM, por ejemplo, era libre de tomar el
servidor Apache y construir una versión privada que comercializar con su
marca, sin publicar a su vez las mejoras introducidas en el código. Pero
IBM solo habría adquirido ese beneficio en la medida en que continuara
actualizando su código para reflejar los cambios realizados en la versión
pública de Apache. En un primer momento (cuando la base de código está
próxima a su origen), esa actualización no es demasiado complicada; pero
con el paso del tiempo (a medida que las bases de código divergen),
resulta cada vez más costoso mantener el código privado. Por consiguiente,
la estrategia puramente racional para este tipo de creatividad es la de
innovar en el seno del procomún, pues el coste de innovar de forma privada
sobrepasa sus beneficios.”

La complejidad de los proyectos de software libre –que a menudo requieren
del trabajo recurrente de grandes equipos de colaboradores– resulta un
buen incentivo para preservar celosamente su carácter abierto. Más allá de
toda voluntad altruista, el código se mantiene libre, porque, desde
múltiples perspectivas, resulta rentable que permanezca así. Sin embargo,
no está tan claro que las normas imperantes en el software libre puedan
resultar siempre tan beneficiosas para creaciones cuya naturaleza difiere
notoriamente de la de los programas informáticos.

A primera vista, los defensores de la cultura libre cuentan con un
magnífico ejemplo para demostrar que es posible trasladar el modelo del
software libre a los proyectos editoriales: la Wikipedia. Y es cierto. La
enciclopedia colaborativa fundada por Jimmy Wales pone de manifiesto que
la apertura y la libertad de distribución pueden, en determinados casos,
generar las condiciones adecuadas para garantizar el éxito de proyectos
fundamentalmente textuales. La Wikipedia, cuyos contenidos se distribuyen
bajo las condiciones de la licencia Creative Commons BY-SA y de la GNU
Free Documentation License, consideradas genuinamente libres, ha
demostrado que las multitudes organizadas de manera más o menos informal
pueden dar forma a creaciones de gran complejidad y de extraordinaria
relevancia social.

Ahora bien, el hecho de que la Wikipedia sea exitosa en sí misma y de que
se haya convertido en un extraordinario referente cultural, no implica
necesariamente que los individuos que colaboran en ella se vean
debidamente recompensados por la labor que realizan. Estudios de autores
como Joaquín Rodríguez y Felipe Ortega demuestran que el modelo de
funcionamiento de la célebre enciclopedia digital se fundamenta en una
alta tasa de reposición de los colaboradores, que suelen implicarse en el
proyecto solo de una manera transitoria. De hecho, el periodo medio de
participación activa de una persona en el proyecto se sitúa alrededor de
los 200 días. Y pese a que la Wikipedia ha creado un sistema de premios y
reconocimientos destinado a otorgar capital simbólico a sus colaboradores
más destacados, lo cierto es que el compromiso de los autores y editores
suele ser efímero. Muy probablemente, esto se deba a la incapacidad de la
enciclopedia libre para otorgar a sus colaboradores unas recompensas lo
suficientemente atractivas como para sellar su fidelidad a largo plazo.
Tal como afirman Rodríguez y Ortega en El potlach digital:

“Entre los wikipedistas el reconocimiento simbólico de los otros
implicados es el único capital que puede esperarse y su acumulación no
desemboca en ninguna otra forma de transferencia o acumulación, de manera
que no puede constituirse en un fundamento imperecedero de dedicación,
porque no está vinculado a recursos materiales adicionales o a
investiduras que proporcionen mayor poderío o jurisdicción.”

No deja de resultar irónico que el ejemplo más exitoso de cultura libre
sea incapaz de garantizar el compromiso duradero de sus colaboradores
(incluyendo a los más comprometidos). Y probablemente, aquí se encuentre
uno de los puntos débiles de la filosofía de lo libre aplicada a la
cultura: las dificultades que encuentra a la hora de ofrecer un modelo de
creación adaptado a economía mercantil, con un sistema de recompensas
susceptible de trascender el mero reconocimiento simbólico. Su talón de
Aquiles es la incapacidad para premiar el esfuerzo con estímulos
materiales, pese a su voluntad de inscribirse en la economía comercial.

Tal como hemos apuntado más arriba, el software libre tiene una vertiente
utilitaria, fundamentada en su capacidad para generar productos
susceptibles de explotarse comercialmente. A menudo, los desarrolladores y
empresas que participan en la creación de software libre lo hacen con la
convicción de que lograrán rentabilizar su trabajo mediante la prestación
de servicios vinculados a los programas y plataformas que han ayudado a
desarrollar. Al final, la posibilidad de obtener un beneficio económico de
su trabajo se convierte en un estímulo que les lleva a seguir colaborando
con los otros miembros de la comunidad.

Sin embargo, en el mundo de la cultura, las cosas no suelen ser así, al
menos por ahora, pues la mayoría de los creadores que trabajan con
licencias libres (las que permiten la reutilización comercial de sus
creaciones) no suelen obtener una compensación económica proporcional al
esfuerzo y a las habilidades invertidas para llevar a cabo sus
realizaciones. En la práctica, la traslación de la lógica del software
libre al mundo de la cultura ha mostrado una capacidad limitada para crear
proyectos económicamente sostenibles a largo plazo.

Y aquí tenemos la paradoja de la cultura libre. Dadas sus dificultades
para ofrecer recompensas que trasciendan el mero reconocimiento simbólico,
pone en cuestión uno de sus principales objetivos: convertirse en
instrumento de estímulo de la creación. Curiosamente, el uso de las
licencias no restrictivas puede tener el efecto contrario al deseado. En
primer lugar, la incapacidad de la cultura libre para servir a su
finalidad utilitaria puede llevar a muchos a individuos y colectivos a
abandonar la labor creativa, al no conseguir que esta sea rentable.

Pero lo que es peor: la eliminación de las restricciones de distribución
que propone la cultura libre puede inhibir el trabajo de las personas que
se sienten cómodas operando en la economía del don. Sin la posibilidad de
elegir el tipo de uso que desean otorgar a sus obras y de hacer evidentes
las motivaciones y los fines que orientan su labor productiva, es muy
probable que muchos creadores optasen por dejar de trabajar en proyectos
culturales. Por razones diversas, hay individuos que consideran importante
trazar una distinción entre dos realidades económicas dotadas de lógicas
distintas. Si se les impidiera hacer explícito cuándo quieren operar en
una y cuándo desean hacerlo en la otra, probablemente preferirían
abandonar la creación. Nos encontraríamos así ante una nueva variante de
la tragedia de los comunes, esta vez desencadenada no por intereses
particulares sino por una interpretación dogmática de la cultura de la
compartición.

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