Colext/Macondo
Cantina virtual de los COLombianos en el EXTerior
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Articulo de WALSA que lo publico como aca se indica.

Es interesante para todos los de IZQUIERDA como a todos  los de DERECHA,
incluyendo por supuesto a todos esos de la MITAD.

Como tambien aquellos de color de "azul de prusia" o "roja sangre brillante"

Comentarios

Nando

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La Pagina de El Salvador
http://www.geocites.com/Athens/Thebes/2839


Hombres sapient�simos han tratado de justificar la desigualdad social. Los
griegos atribuy�ndola a la mano caprichosa de Zeus, a quien debemos imaginar
Olimpo arriba y flanqueado por dos tinajas, una repleta de destinos
lamentables y otra colmada de destinos felices. Si eres poderoso y mandas,
ya sabes a qui�n debes agradec�rselo; si te tratan como a un esclavo,
recuerda que naciste estrellado.
Plat�n quiso dejar de lado las tinajas y, para salir del atolladero, tram�
un nuevo mito: el mito de los metales, seg�n el cual hay hombres de oro y,
por debajo, hechos para servirles, hombres de plata, de bronce y de hierro.
El fil�sofo explic� a su amigo Glauc�n que esta fastuosa mentira es
imprescindible para el funcionamiento de una sociedad perfecta.

M�s adelante los cient�ficos tomaron el relevo. La justificaci�n autorizada
de la desigualdad social dej� de ser un asunto de poetas, fil�sofos o
te�logos. Sin embargo, dada la catadura de bastantes cient�ficos, casi hasta
ayer mismo salieron ganando los de siempre, que por algo pagan. Veamos
algunos ejemplos.

All� por el a�o 1779, el m�dico Charles White puso al hombre blanco en la
cumbre de la cadena del ser en raz�n del �ngulo de la nariz y del calibre de
su pelo, al tiempo que fantaseaba sobre ciertos simios que se dedicaban a
fornicar con muchachas negras -sujetos pacientes de una brutal pasi�n,
dec�a-. Los simios se elevaban, ellas se mostraban como lo que eran, seres
inferiores, capaces de tener una descendencia bestial.

En su d�a, pesar cerebros se convirti� en el m�todo de moda. El enorme
cerebro del zo�logo franc�s Georges Cuvier (1.830 gramos) sirvi� para
demostrar que ni las mujeres ni los africanos en general pueden competir con
un europeo hecho y derecho -el cerebro femenino s�lo pesa 1.250 gramos por
t�rmino medio, un 10 por ciento menos que el cerebro de un  hombre medio-.
La cosa parec�a clara. Sin embargo, esta moda machista acabo mal. El primer
chasco: el cerebro del genial Anatole France era insignificante, pesaba s�lo
1.107 gramos, menos que el de una mujer del mont�n, menos que el de un negro
o un piel roja.

Luego se supo que el cerebro del hombre de Neanderthal era m�s grande que el
de los varones europeos actuales y, por �ltimo, fue preciso reconocer que,
si tenemos en cuenta el peso del cuerpo, el cerebro femenino suele ser mayor
que el masculino. En efecto, el peso de aquel representa el 2,5 por ciento
del peso corporal total; el de �ste, s�lo el 2 por ciento. No se volvi� a
hablar del asunto.





Cyril Burt, un delincuente

Los psic�metras merecen un p�rrafo aparte: llevan bastantes a�os empe�ados
en medir el coeficiente intelectual de las personas por medio del test de
Stanford-Binet y, desde luego, sacando conclusiones precipitadas.
La definici�n m�s grotesca de inteligencia que he le�do sali� de la pluma
del profesor Edwin Boring, de la Universidad de Harvard: La inteligencia es
lo que el test mide. Mal deb�an andar de inteligencia los inmigrantes
polacos y los italianos, porque los expertos norteamericanos los colocaron
en el lugar de los tontos en una lista encabezada por los ingleses. Esta era
la situaci�n en 1941. Hace unos a�os se lleg� a la conclusi�n de que los
norteamericanos m�s inteligentes son los asesores fiscales y los m�s
tontos... los artistas, pobres subnormales.

El primer intento de probar la superioridad masculina por medio del test de
Stanford-Binet se llev� a cabo en 1916 y tuvo un desenlace infeliz: aunque
todav�a no ten�an derecho a  voto, las mujeres norteamericanas, de todas las
edades, obtuvieron mejores resultados que los hombres. Lejos de conformarse
con la derrota, los expertos encargaron al profesor Terman que modificase el
test. Se trataba de poner en apuros a las mujeres, �nica manera de impedir
nuevos desastres. Terman no los defraud�.

A lo largo del siglo que ahora se acerca a su fin, el test de Stanford-Binet
ha sido utilizado para demostrar la inferioridad de diversos grupos humanos
y para dar por buena y natural la superioridad de las minor�as
privilegiadas. El profesor Yerkes demostr� la inferioridad de los negros y
el profesor Cyril Burt dio por probado que la inteligencia no depende del
medio en que tiene lugar la crianza del ser humano, sino de factores
innatos. Burt lleg� a esta conclusi�n tras estudiar -es un decir- el
desarrollo de una larga serie de gemelos que hab�an sido criados por
separado y result� tan convincente que los psic�logos Jensen y Eysenck
llegaron a afirmar que la inteligencia tiene un �ndice de heredabilidad del
80 por ciento. S�lo el resto, muy poco, depender�a de factores ambientales,
de la educaci�n. Los pobres de cualquier color estaban perdidos y no ten�a
ning�n sentido gastar grandes sumas de dinero p�blico para mejorar sus
escuelas y sus condiciones de vida. �ste era el mensaje. Ya ten�amos un
nuevo mito de los metales.

Estas ideas hicieron furor a principios de la d�cada de los setenta pero,
�ay!, el profesor Burt result� ser un delincuente.

Burt minti�. En 1976 el doctor Leon Kamin descubri� que sus estudios estaban
ama�ados con el fin de servir a sus p�rfidos ideales racistas y clasistas.
Despu�s, un tenaz investigador, el doctor Oliver Gillie, corresponsal m�dico
del Sunday Times, le dio la puntilla al revelar que hab�a tenido la
desfachatez de inventar colaboradores, casos y trabajos de campo.

Por desgracia, el mal ya estaba hecho. Incontables psic�logos y pedagogos
pasaron por alto el fraude de Burt y el presidente Nixon aprovech� para
vetar los fondos necesarios para llevar a cabo un formidable programa
nacional de educaci�n infantil. Los norteamericanos todav�a est�n pagando
las consecuencias de aquel veto presidencial.





El �tero cultural

Hoy sabemos que la prodigiosa variedad humana se asienta sobre una base
biol�gica com�n y que -salvo en contados casos patol�gicos y de desnutrici�n
durante el embarazo- los beb�s de ambos sexos, de cualquier color y de
cualquier origen social, llegan a este mundo en pie de igualdad,
perfectamente pertrechados para alcanzar las m�s altas cumbres de lo humano.
No hay, por as� decirlo, espermatozoides u �vulos tontos, ni listos tampoco.
No hay ni�os de mala madera. Nadie es cong�nitamente genial.
El reci�n nacido humano -un ser llamativamente prematuro, como ha subrayado
el zo�logo suizo Adolf  Portmann- tiene que completar su desarrollo en el
seno de lo que, con acierto, el profesor Carlos Paris ha denominado un �tero
cultural. Gracias a los avances de la gen�tica sabemos que cada ser humano,
en principio preprogramado para aprender, empieza desde cero, y empieza
all�, en un �tero cultural determinado. Por ejemplo, nace preprogramado para
aprender a hablar cualquiera de las cuatro mil lenguas que conocemos. Si oye
hablar bien, hablar� bien; si oye hablar muy bien, hablar� muy bien. Si no
oye hablar, no aprender� a hablar.

Los bienes morales o intelectuales de que hacen acopio los padres a lo largo
de sus vidas no llegan a sus hijos por v�a gen�tica. Se transmiten cara a
cara, conviviendo con los hijos, en el curso de un delicado e irrepetible
proceso de aprendizaje. Y desde luego, ya te puedes tostar al sol: no
transmitir�s ning�n gen de la piel tostada. La herencia de los caracteres
adquiridos es imposible. Si yo hubiese sido adoptado antes de los cuatro
meses de edad por una familia japonesa, comer�a h�bilmente con palillos y me
habr�a especializado en una lengua atonal. Si t� adoptas a un reci�n nacido
del Bronx antes de esa edad, lo convertir�s, por medio del proceso de
enculturaci�n, en uno de los nuestros. S�lo el color de la piel podr�a
delatar sus or�genes.

Y hay m�s: el nivel del ser humano depende, en medida decisiva, del nivel
propio del �tero cultural donde tiene lugar la crianza. Los minuciosos
trabajos de Tomkiewiz y Shiff no dejan lugar a dudas al respecto. Ya Spitz
hab�a puesto de manifiesto la superioridad de los hijos de los
universitarios y la fatal desventaja de los ni�os criados en los
orfelinatos -mejor que a estos les va a los hijos de las presas, a condici�n
de que puedan tenerlos a su lado.

Los cinco primeros a�os de vida son decisivos, dato que debemos poner en
relaci�n con el hecho de que durante ese periodo el cerebro alcanza el 90
por ciento de su tama�o. Salta a la vista la importancia de la educaci�n
infantil. En rigor, el temido fracaso escolar, que en la actualidad afecta
al 40 por ciento de los alumnos espa�oles, se cuece antes de que los ni�os
vayan a la escuela, antes de los seis a�os de edad y la causa hay que
buscarla en un �tero cultural insuficiente, no en la v�ctima. Atribuir a los
genes el fracaso de millones de personas es una trampa ideol�gica que s�lo
puede servir para fines perversos, es decir, para desperdiciar el formidable
potencial humano que acabamos de descubrir y que, por cierto, es nuestra
�nica esperanza.





Machistas en apuros

A ser hombre, como a ser mujer, tambi�n se aprende y, una vez m�s, los
primeros a�os son decisivos. En nuestra cultura, reservamos el rosa para las
ni�as y el azul para los ni�os. �Cu�l suele ser la reacci�n ante una ni�a
reci�n nacida? Se dice que es preciosa y delicada. Un ni�o reclama otros
adjetivos... Es fuerte, vigoroso, grande. Las c�maras indiscretas y las
cintas de video no mienten. No jugamos de la misma manera con los beb�s de
ambos sexos. Sin darnos cuenta, marcamos diferencias de honda y prolongada
repercusi�n. Nos irritan m�s los ni�os llorones que las ni�as lloronas. Los
ni�os reciben m�s golpes que las ni�as. En definitiva, antes de dar por
sentado que las mujeres son as� y los hombres as� por naturaleza, es
imprescindible estudiar el �tero cultural. Veamos un ejemplo.
En nuestro �mbito cultural se ha dado por supuesto que las mujeres est�n
peor dotadas que los hombres para las matem�ticas. Se apela a la naturaleza
femenina... �Qu� hay de cierto? Como ha subrayado el antrop�logo
norteamericano Marvin Harris, la verdad es que ni�os y ni�as empatan en
cuanto a talento matem�tico se refiere. Luego, con la llegada de la
adolescencia, las chicas tienden a perder terreno... Dejemos a la naturaleza
en paz: muchos padres y maestros atesoran a�n la creencia de que las
matem�ticas, como el f�tbol, son cosa de hombres... o de marimachos.
Consecuencia: muchas chicas se alejan de los n�meros.

Si nuestra evoluci�n biol�gica es lenta -de hecho, ha sido comparada con una
tortuga, pues, como m�nimo, hacen falta mil a�os o cincuenta generaciones
para que se pueda detectar alg�n cambio significativo-, la cultura puede
transformarse a gran  velocidad. Corre como una liebre... Un gran cambio
cultural se puede producir en pocos a�os. Cuando los dominios anta�o
reservados a la parte masculina de la humanidad empezaron a ser transitados
por las mujeres, los estereotipos no resistieron la prueba. El c�lebre
ajedrecista ruso Boris Spasski fue batido por Judith Polgar, una
adolescente... �Sorprendente? No demasiado: Judith Polgar ha estado jugando
al ajedrez desde su m�s tierna infancia, con sus hermanas y con su padre, un
maestro.

Nadie discute que el hombre es m�s fuerte que la mujer -m�s musculoso- y que
ha sacado a lo largo de la historia much�simo partido de esta ventaja
natural, as� como del hecho, no menos relevante y natural, de verse libre de
las exigencias de la maternidad. Pero ya no vivimos en la Edad Media. La
fuerza bruta cuenta cada vez menos y, gracias a los m�todos anticonceptivos,
la mujer se encuentra en una situaci�n completamente nueva. De hecho, muchos
padres han comprendido a tiempo, pese a quien pese,  que vale la pena gastar
tanto dinero en la educaci�n de una hija como en la de un hijo. Y los
resultados empiezan a llamar la atenci�n. En Estados Unidos las mujeres
ocupan ya el 43 por ciento de los cargos ejecutivos, y esto ser�a
inconcebible si fueran tan inestables como algunos imaginan. En Espa�a nos
encontramos ante un panorama distinto: s�lo un uno por ciento de las mujeres
puede presumir de un puesto importante. Ahora bien, no hemos llegado al
�ltimo cap�tulo. Las cosas siguen cambiando, y muy r�pido. Un sesudo estudio
de Jaume Funes demuestra que hoy, en nuestro pa�s, el escolar perfecto es
una chica. Si lo tenemos en cuenta, nada nos puede extra�ar que el n�mero de
mujeres en las carreras t�cnicas -Telecomunicaciones, Industriales, Caminos,
Aeron�utica- se haya duplicado en la �ltima d�cada. Este fen�meno, no habr�a
sorprendido en absoluto a Christine de Pizan, la poetisa francesa. Hace
quinientos a�os escribi�: Si fuera costumbre enviar a las hijas a la
escuela, como a los hijos, y se les ense�ara ciencias naturales, ellas
aprender�an y comprender�an las sutilezas de las artes y las ciencias tan
cumplidamente como ellos. Ten�a raz�n.








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