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Ontologia del lenguaje, inteligencia artificial y sus raices

Enviado por quarzoliquido el 07/03/2009 a las 09:00 PM

Artículo de Alberto Precht.

Qué tienen en común Google, Fernando Flores, los delirios futuristas
de la inteligencia artificial y la filosofía de Martin Heidegger? Una
misma persona: Terry Winograd, el mentor que ha movido silenciosamente
los hilos del desarrollo tecnológico de las últimas décadas y el que
cambiará nuestra relación con la computación.

POR ANDREA MUÑOZ HINRICHSEN, DESDE SAN FRANCISCO

Cuando la revista Fortune le preguntó a Larry Page cuál había sido el
consejo más valioso que había recibido, el cofundador y director de
Google aludió a quien fuera su tutor en la Universidad de Stanford.
Page intentaba escoger un tema de investigación entre las diez
alternativas que se le habían ocurrido. Fue su director el que zanjó
el asunto al hacerle saber que una de ellas, que tenía que ver con la
estructura de links de la web "parecía una muy buena idea". El consejo
le valió 112.54 billones de dólares: el proyecto nunca llegó a
transformarse en tesis, pero se convirtió en Google. Y el primer
hombre que supo apreciar el potencial que tenía esa intuición en bruto
se llama Terry Winograd y en este momento intenta abrir la puerta de
su oficina mientras balancea una taza de café.

Winograd es como una buena ciudad: una de esas que por alguna
misteriosa razón permite que pasen cosas. Que la gente precisa se
encuentre en el momento adecuado. A él le interesan las interacciones.
"Construir puentes es una metáfora interesante. Mi filosofía es que la
gente aprenderá más y trabajará mejor si está conversando con personas
que tengan una perspectiva diferente, estableciendo conexiones,
mirando las cosas desde distintos ángulos", dice mientras toma su café
a sorbos largos y simétricos.

No sólo los encuentros humanos. Es la interacción entre el hombre y el
computador lo que constituye su área de estudios en el Departamento de
Computación de Stanford. Paradójicamente, llegó a enfocarse en eso
producto de uno de estos cruces. Porque el director del Programa de
Diseño de Software de esta prestigiosa universidad antes hacía algo
completamente distinto. Trabajaba en inteligencia artificial,
intentando hacer que los computadores hablaran como personas. Y fue un
encuentro con un chileno el que lo sacó de eso.

FRANCISCO VARELA fue el que comenzó todo. En el otoño de 1977,
Winograd asistió a una de sus conferencias.

- ¿Cómo le está yendo a Fernando en Stanford? ?le preguntó esa vez
Varela.

Winograd no entendió

- ¿Fernando quién?

- Fernando Flores ?insistió Varela?. Está en el Departamento de
Computación.

- No. Yo trabajo en el Departamento de Computación, voy a todas las
reuniones y ahí no hay ningún Fernando, repuso el norteamericano.

Winograd quedó intrigado, así que apenas volvió a Stanford buscó a su
supuesto colega. Efectivamente, Fernando Flores tenía una oficina en
el Departamento de Computación. Nunca se habían topado, porque el
chileno, que venía saliendo de la cárcel, estaba dedicado a reunir a
su familia, y aún no se había integrado a sus funciones en la
universidad. "El hecho de que hubiera estado en el mismo edificio que
yo durante meses y que no lo hubiera conocido fue una completa
sorpresa", ríe mostrando los dientes, que son tan blancos como su pelo
y sus zapatillas.

Deja su taza de café sobre la mesa, donde se equilibran varias otras
que ya fueron ocupadas. Su oficina está atiborrada de libros: en las
paredes, sobre las mesas, en el suelo, debajo de un plato usado.
"Errar es humano. Para realmente echar a perder las cosas se necesita
un computador", se lee en un cuadro que cuelga de uno de los muros.

"La primera impresión que tuve al conocer a Flores fue: 'Aquí hay
alguien que está realmente pensando, que de verdad está buscando una
perspectiva diferente a la del resto del mundo'. Él estaba en el
Departamento de Computación, pero cuando hablaba de computadores no
usaba el mismo lenguaje. Entonces sentí que iba a aprender algo
diferente hablando con este tipo", recuerda.

De ese encuentro nació Action Technologies, una compañía dedicada al
desarrollo de software, y un libro que ha sido traducido al español
con el título de Hacia la comprensión de la informática y la
cognición: Nuevos fundamentos para el diseño.

Con él, contribuyeron a echar por tierra los cimientos que guiaron la
investigación computacional hasta los años 80. El paradigma, hasta ese
momento, era como sacado de 2001 Odisea del Espacio. Máquinas que
imitaban, igualaban y excedían la inteligencia humana. El reino de HAL
9000, el mítico computador de Kubrick, o el de Wall-E, donde el
instrumento deja de ser instrumento y se transforma en protagonista.

Dieron vuelta las cosas. Establecieron que había que dejar de intentar
que los computadores imitaran a las personas, y que en lo que había
que fijarse era en cómo éstos afectaban nuestra vida y experiencia. Al
poner la vista en cómo el hombre se relaciona con las máquinas,
abrieron un espacio para que éstas dejaran de ser entendidas como un
fin en sí mismo y recuperaran su condición de herramientas. Y en ese
momento dejaron de ser buen material para películas de ciencia
ficción: se volvieron útiles. Los aparatos con pretensiones divinas
dieron paso a tecnología "invisible", que de tan fluida parece
desaparecer en las manos de quien la ocupa.

FUE TODO UN QUIEBRE para Winograd. Él había comenzado su carrera a
fines de los años 60, en el laboratorio de inteligencia artificial del
MIT, donde sacó su doctorado. Era la época de oro: ahí investigaba
Marvin Minsky, uno de los padres de la disciplina, y el gobierno
destinaba recursos ilimitados para el desarrollo científico, sin
exigir aplicaciones militares como ocurre hoy.

"Estaba la sensación de que podíamos jugar. Y como el objetivo era
producir inteligencia humana, los temas eran cosas como para niños. O
sea: '¿Puedes tomar estos cubos y moverlos? ¿Puedes contestar estas
preguntas de este cuento infantil? Entonces era muy juguetón, un
ambiente juguetón high-tech, parecido al que tenemos aquí en Silicon
Valley", dice sonriendo.

"Era emocionante. Ahí estaba el futuro y todos nosotros íbamos a ser
los pioneros". Su trabajo consistía en hacer que los computadores
ocuparan y entendieran el lenguaje natural. Y lo logró, al menos en
parte. Para su tesis doctoral diseñó un programa, conocido como
SHRDLU, que simulaba un robot, el cual aceptaba instrucciones en
inglés: "Encuentra un bloque más alto que el que estás sujetando y
ponlo en la caja", por ejemplo. Incluso, podía responder verbalmente:
"No sé cuál es".

El éxito del proyecto le valió un lugar en la historia de la
inteligencia artificial. Sin embargo, cuando intentó ampliar el
universo mental del robot, que hasta ese momento se restringía a un
mundo de bloques, comenzaron los problemas. Al agregar más palabras y
conceptos, la ambigüedad natural del idioma se volvió una barrera
insuperable. En esa época Winograd ya había dejado el MIT y trabajaba
en Stanford y en Xerox PARC, la afamada compañía de innovación y
desarrollo en Palo Alto.

Poco a poco comenzó a desilusionarse. Winograd quería hacer que los
computadores utilizaran lenguaje para volverlos más eficientes y
fáciles de usar. "Me di cuenta de que eso no iba a pasar si yo seguía
intentando que éstos fueran como personas", explica. Se puso a leer a
Martin Heidegger y a Humberto Maturana. Comenzó a asistir a unas
conferencias en la universidad de Berkeley, encabezadas por John
Searle, autor de una de las críticas más famosas a la inteligencia
artificial. Un par de años después, cuando apareció Fernando Flores en
su vida, ya no había vuelta atrás: computadores para que mejoren la
vida del hombre; no para que la imiten.

EN EL PROGRAMA que dirige en Stanford, el científico ha realizado
trabajos colaborativos en algo que se conoce como "computación
ubicua", un área que parte del supuesto de que en unos años más, los
computadores van a estar en todos lados.

"Partiendo de eso, la pregunta que sigue es: ¿Cómo se ha de sentir
eso? Es decir, si por todos lados hubiera cosas tan difíciles de usar
como tu ordenador la vida sería imposible. Entonces la idea básica,
que desarrolló Mark Weiser y John Seely Brown en Xerox, es ésta: cómo
diseñar un ambiente donde los computadores sean parte del fondo, pero
donde tú no necesitas prestarles atención. Que simplemente estén ahí
haciendo lo que tengan que hacer", explica.

Cuando se le pregunta cómo estaremos interactuando con computadores en
diez años más, suspira: "Esa siempre es una buena pregunta porque en
diez años uno nunca sabe lo que va a pasar (se ríe). Pero bueno, creo
que podrías usar la frase 'fuera del escritorio'. El mundo de las
aplicaciones, o de los computadores portátiles, va a crecer más y más.
Entonces estaremos menos enfocados en nuestro computador que está
sobre la mesa".

Predice que también el mundo de los input y los output, o de los
medios por los que entra y sale información al computador, va a
cambiar: "Va a haber más aparatos que reconozcan gestos como inputs".
Él mismo ha trabajado en eso junto a uno de sus alumnos, utilizando la
vista como un medio para operar un computador. "La manera natural de
atender a algo es mirar. Eso es lo que yo hago en el mundo: yo miro en
distintas direcciones, no muevo mi mano para que algo se me muestre.
La meta, entonces, es cuánto más natural y más fácil podemos llegar a
hacer la interacción con un computador", afirma.

De nuevo volvemos a las interacciones que él estudia y también
disfruta. La mayor parte de su trabajo ha sido colaborativo. ¿Por qué?
"Te diré las dos opiniones que tengo de mí: la buena y la mala. La
primera se ve, por ejemplo, en lo que pasó con Fernando: me entusiasmo
cuando veo a alguien que está interesado en las mismas cosas que yo
pero que las ve desde una perspectiva diferente. Encuentro que eso es
desafiante. La otra cara es que yo tiendo a ser intelectualmente
pasivo. Me encanta pensar, me encantan las ideas, pero no me gusta ir
afuera y venderlas. No tengo ese fuego en la guata que tienen las
personas que creen que van a lograr que las cosas ocurran, que tienen
algo que los guía, que saben lo que quieren y que buscan cambiar el
mundo. Yo pienso que tiendo a aliarme con esta gente porque me doy
cuenta de que puedo contribuir con mi pensamiento, pero sin tener que
estar haciendo eso yo mismo".

Aquí en Silicon Valley tiene campo de sobra: por algo dice que si
estuviéramos en el Renacimiento, esto sería Florencia. Y ahí habría
estado Winograd.
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