LA DINASTIA DEL PIANO CUBANO Para que los pianos hablen y se
comprendan RAUL RIVERO
La vida no da vueltas. Son los hombres los que se tienen que mover. Son los
seres humanos quienes deben cambiar y ser otros todos los días, sin dejar de
ser los mismos ciudadanos de ese país remoto y de neblinas que es la infancia.
Así, desde allá lejos, bajo las fuerzas de los vientos de una tormenta tropical
que se intaló en Cuba hace casi medio siglo, impulsados por sus instintos, sus
pasiones y sus sentimientos, van a comenzar una gira por España dos pianistas
de aquellas tierras: Bebo y Chucho Valdés. Tenía que ser aquí. En libertad,
sin los amplificadores de la policía y lejos de la disciplina encartonada de
los funcionarios del Estado. Con los recuerdos de la familia y su latido. Las
manos sobre los teclados y la música obediente, comprometida solamente con las
fidelidades a la armonía. Ellos dos, el padre, el hijo. Y el espiritu santo
(con un traje blanquisimo) en los duros trabajos de la utilería para que los
pianos hablen y se comprendan. Bebo, desde las nieves que le han purificado
en Suecia y lo han convertido en una rareza entrañable. Chucho, desde las
altas temperaturas del Caribe. A salvo, por su estatura, del fuego tajante de
la dictadura. Aislado, en las reservas consagradas a
los artistas. Muy lejos de la bicicleta, los racionamientos y el acoso de las
brigadas paramilitares y la policía, pero con su álbum de fotos lleno de
manchas grises en los bautizos, las bodas y los cumpleaños. Estos conciertos
en España los unen en un pueblo llamado Quivicán, al sur de La Habana. Cada uno
en aquella nación que fue su infancia y renueva los contactos en dos dominios
-la familia y el arte- que tienen sitios reservados en la eternidad. Ellos
dos y la música. Toda la música para conversar y reencontrarse en la memoria,
un territorio donde las personas pueden cambiar los diálogos, aliviar los
dolores y dejar en los sótanos los bocadillos que no debieron decirse y los
gestos que nunca se podían hacer. Bebo, empecinado en no volver. Decidido a
no pisar otra vez la tierra donde nació porque rechaza a quienes lo obligaron a
irse de ese lugar querido en 1960. Chucho, empeñado en quedarse. Convencido
de que su padre es la raíz, el creador de la familia. Y la
mejor mano izquierda del piano. Bebo y Chucho, en este viaje interior por
España para acercarse más y hacer que parezca que no ha pasado nada. Para
beneficio del amor y de la música y en el ambito de un país que los recibe como
alguien cercano que regresa. Provocan mucha alegría estos encuentros. Padre e
hijo, dos grandes músicos separados por los corrientazos de una ideología que,
además, ha puesto oscuro el cielo bajo el que nacieron, ha hecho pobre a la
gente y tiene empeñado el porvenir. Sí, alegría por la unificación y los
abrazos, el respeto y la altura con que estos artistas han sobrellevado los
huracanes. Nada más que por eso. Porque en una sociedad que tiene casi el 20
% de su población en el exilio, lo único que sobra es el deseo de ver juntos en
el patio de la casa desvencijada a los que han envejecido con la vista puesta
en la esquina a ver si llegaba la libertad y el sosiego... y a los inconformes
que se desperdigaron por el mundo a buscar la felicidad
como si fuera un objeto, una mujer o un paisaje nevado. Los carreteros se
encuentran en el camino, dicen los viejos en los campos de Cuba, pero los
carreteros tienen casa y en ella quieren vivir con la gente que aman. Para
los críticos y los especialistas, para los melómanos y los millares de
admiradores que tienen Bebo y Chucho en todo el mundo, este recorrido es una
fiesta especial. Pienso que será también un avance en el camino de la
esperanza de muchos cubanos. Bebo y Chucho lo pueden hacer ahora porque son
figuras de renombre, pero los miles de hombres y mujeres que están condenados a
no regresar, y los miles y miles condenados a no salir, tienen la mirada puesta
en otros sitios para ver si pueden un día darle un abrazo a un familiar
querido. Es verdad, estos encuentros favorecen el entendimiento, alivian las
tensiones y ponen en cumbres más altas todavía las figuras de dos músicos que,
si no son geniales, tienen un trato favorecido en algún sitio
extraterreno. De todas formas, junto a la alegría, ya en en la soledad y la
meditación, imposible no acordarse del maestro George Orwell: «Todos somos
iguales, pero algunos somos más iguales que otros».
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