Estoy seguro que a las y los compañeros que les interesa y le dan
seguimiento a los temas latinoamericanos les interesará este artículo de
Porfirio Muñoz Ledo, gran compañero socialdemócrata mejicano.
Saludos,
Melvin
Porfirio Muñoz Ledo
09 de noviembre de 2007
Los dilemas regionales Tras una semana de intensos
intercambios con el segmento intelectual y la clase política de América Latina
reencontré la tragedia mexicana, hecha de incompetencia, imprevisión y
pequeñez. Los sucesos de Tabasco, la tierra que no ha acabado de secarse
como dijera Pellicer, muestran el anverso físico de una ruina moral: el
patético concurso por una recompensa mediática entre aquellos mismos que
encarnan la punible responsabilidad de no hacer. Asistimos al espectáculo,
difícilmente sostenible, de un poder público gibarizado e impotente frente al
empuje de la naturaleza acumulado por decisiones políticas irreflexivas que
pudiera ser el anuncio del desbordamiento social. Convendría mesurar los
torrentes caudalosos de la inconformidad popular y actuar en consecuencia,
sobre todo en vísperas de un centenario aleccionador. En contraste, la
búsqueda de soluciones posibles a problemas semejantes es la constante de
nuestra
región. Acabo de conversar telefónicamente con Álvaro Colom, presidente electo
de Guatemala, a quien hace meses acompañé en su lucha. La derrota del
militarismo remanente abre en ese país la oportunidad de una reconciliación
civil, de inspiración social-demócrata e impulso claramente desarrollista.
Concurrí en Quito al 50 aniversario de la FLACSO, cuyo Consejo Superior preside
nuestro compatriota Francisco Valdés Ugalde. Auténtica fiesta de la academia y
excepcional vehículo de integración intelectual y humana. Más de mil 500
participantes, de diversas procedencias, edades y jerarquías, en debates
secuenciados durante tres jornadas inagotables sobre los temas más acuciantes
del devenir latinoamericano. Las preocupaciones centrales pasan por los
movimientos sociales e indígenas, la descentralización política y la
participación ciudadana, los sistemas de partidos y los regímenes políticos,
las evoluciones recientes en los países andinos, las migraciones, las rutas
del narcotráfico, la comunicación social y la regulación de los medios
electrónicos. Me correspondió intervenir en el encuentro final sobre la
integración de América Latina, en compañía de Luis Maira y de Rodrigo Borja.
Quedó en claro que no es válido hablar hoy de fragmentación regional, como lo
sugería el título alternativo de la mesa. Por diversas vías concurren procesos
unitarios, sean de conectividad geográfica, complementación económica o
hegemonía ideológica. Ocurre que transcurren en pistas diferentes, que no los
vuelven compatibles: por una parte, los esquemas institucionales, como el SICA,
el Caricom y el Mercosur, y por otra los proyectos políticos, tan
circunstanciales como pueden serlo el ALBA, el Unisur y hasta el Plan
Puebla-Panamá. Propuse que el Grupo de Río encomendara una evaluación
estricta sobre la vigencia y funcionamiento del más de un centenar de
organismos regionales y subregionales existentes, y que convocara después a una
conferencia con
objetivos refundacionales. Somos a fin de cuentas los mismos estados que hemos
suscrito los instrumentos respectivos y que sostenemos las burocracias
correspondientes, cuyos objetivos muchas veces se han extraviado o son
obviamente redundantes. Enseguida, habría que definir las áreas
prioritarias de la integración global, entendida como la suma de integraciones
parciales, y determinar los tiempos y métodos para la reconstrucción del
andamiaje institucional. En prolongada plática con el ex presidente Borja,
invitado aunque todavía no aceptante para conducir Unisur, concluimos que el
empeño es viable, a condición de atenuar todo género de excesos y alcanzar en
países clave la gobernabilidad democrática. Ese día fue publicado el
proyecto de nueva Constitución del Ecuador que contiene, en formato extenso, la
expresión legal de reiteradas demandas ciudadanas. Sobre todo por lo que hace a
derechos humanos y sociales, rendición de cuentas y órganos constitucionales
autónomos, aunque preserva el régimen presidencial clásico. En breve charla
con el presidente Rafael Correa, sugerí la utilidad de someter el texto al
debate latinoamericano. Me trasladé posteriormente a Lima, con el propósito
de recuperar el legado del APRA y de mi querido Víctor Raúl Haya de la Torre.
En conversación con el último sobreviviente de los fundadores, Armando
Villanueva, subrayamos la necesidad pragmática de mantener una política de
principios contra toda adversidad. Con el presidente Alan García trazamos un
mapa cuidadoso de las tendencias políticas regionales, que ya no se debaten
entre democracia y dictadura, sino entre los intentos transformadores de
gobiernos radicales y los empeños de crecimiento económico con estabilidad
política y razonable distribución de la renta. En todos los foros
estuvieron presentes los retos que enfrentan nuestras incipientes democracias
en el cuarto menguante de la era neoliberal y los límites insalvables de la
concentración del poder en que se fundan los regímenes populistas. Éstos
debieran, como lo hicieron en su tiempo Lázaro Cárdenas, Getulio Vargas y Juan
Domingo Perón, generar sistemas políticos incluyentes y durables, más allá del
efímero poder personal. Se estima que la integración regional exige no sólo
una estricta definición de intereses comunes, sino la compatibilidad de
estructuras y parámetros políticos que conduzca a una consolidación democrática
compartida.
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