Demasiado bueno, leer con detenimiento
ANÁLISIS: El Observador Global
El 'reality show' de la cumbre Iberoamericana
Moisés Naím 18/11/2007
El Rey Juan Carlos salvó la Cumbre.
El narcisismo de Hugo Chávez ya fastidia hasta a sus aliados
De no ser por Su Majestad, la última Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado
en Santiago de Chile hubiese sido otro aburrido encuentro donde los
participantes intentan persuadir al mundo de que están haciendo historia y el
mundo responde con un bostezo.
Esta vez, gracias a Su Majestad, tuvimos una dosis de reality show que,
además de hacer la cumbre más divertida
[ya esta circulando en Internet una versión del "Por qué no te callas" en
pasodoble], reveló importantes tendencias de América Latina.
La primera es que los jefes de Estado de América Latina están hartos de Hugo
Chávez. Su narcisismo ya fastidia hasta a sus aliados. Varios participantes en
la reunión me dijeron que el comentario general después del evento fue que el
rey Juan Carlos simplemente expresó lo que la mayoría de los presentes sentían
pero no se atrevían a decir.
Y he aquí la segunda tendencia a notar: No se atrevían a discrepar de Chávez
porque esto es peligroso. El teniente coronel es conocido por su generosa
disposición a financiar abiertamente los gobiernos que lo aplauden y
subrepticiamente a los movimientos de oposición interna contra los presidentes
que lo enfrentan. Y sabemos que Chávez no se destaca por su temperamento
democrático hacia quienes discrepan de él. "Les voy a poner el ojo a las
empresas españolas en Venezuela", ha sido su respuesta al intento conciliador
del canciller Moratinos.
El agresivo intervencionismo de Chávez en los asuntos de otros países
explica, por ejemplo, por qué los presidentes de Brasil y Colombia intentaron
hacerse invisibles durante esta cumbre. Ambos son vecinos de Venezuela y
conocen bien los métodos de Chávez para premiar a sus amigos y penalizar a sus
adversarios: sin escrúpulos.
Los ex presidentes Vicente Fox, de México; Jorge Quiroga, de Bolivia; los
actuales presidentes Oscar Arias, de Costa Rica, o Elías Antonio Saca, de El
Salvador, tienen mucho que contar sobre las consecuencias internas que
enfrentaron por no tolerar pasivamente los atropellos del presidente venezolano.
Pero quizás lo más paradójico y revelador del incidente de Santiago es que la
Cumbre, cuyo tema era la cohesión social, desveló ante el mundo la profunda
fractura ideológica que divide a América Latina. No se trata de derecha e
izquierda, socialismo o capitalismo, o de populismo y neoliberalismo. Estas
categorías confunden. Es más bien que el continente se ha vuelto un campo de
batalla entre el chavismo y el chilenismo.
El chavismo económico se basa en una gran confianza en el Estado como
principal generador de empleos, aunado al desdén por el mercado, los
empresarios y la globalización. La bandera del chavismo político es la defensa
de los pobres y los excluidos, el ataque a las oligarquías al mismo tiempo que
promueve la necesidad de concentrar poder en el jefe del Estado a través de
cambios constitucionales y darle a los militares un papel protagónico.
Internacionalmente, el chavismo es rabiosamente antiestadounidense y
antieuropeo.
En contraste, el chilenismo se basa en la idea de que un país latinoamericano
puede beneficiarse de las oportunidades de la globalización, que el comercio
internacional crea prosperidad y que el mercado, combinado con el Estado, es
una potente fuerza en favor del desarrollo social y la igualdad.
En las ultimas dos décadas, el chilenismo también ha sido profundamente
democrático y ha basado su legitimidad más en instituciones fuertes que en
hombres fuertes.
Claro está, el chilenismo, en su más pura expresión, existe solamente en
Chile y el chavismo puro sólo en Venezuela. Pero son las variaciones de estos
dos enfoques las que chocan cada vez que se reúnen los presidentes de América
Latina. Y lo que vimos la semana pasada fue sólo un capítulo más de esta serie.
Sin embargo, este capítulo reveló dos importantes paradojas que hoy definen a
América Latina. La primera es que a pesar de que el chavismo se base en ideas
ya probadamente fracasadas, que dependa del petróleo y que muestre claras
preferencias autoritarias en sus formas de actuar y en los aliados
internacionales que corteja, es la orientación que más entusiasma a las grandes
mayorías. El chilenismo, en cambio, demostradamente exitoso y sumamente eficaz
en combatir la pobreza, profundamente democrático y progresista, sólo logra
entusiasmar a menguadas minorías.
En los barrios pobres de América Latina a quien se conoce y admira es a Hugo
Chávez; nadie sabe en qué consiste el milagro chileno. Y esta es la segunda
gran paradoja: En la América Latina de hoy las ideas fracasadas de ayer tienen
un líder que entusiasma a las mayorías. En cambio, las ideas exitosas ni tienen
líder, ni mensaje ni muchos seguidores. Contra esto tropezó el rey Juan Carlos
en Santiago mientras la sala, atemorizada, callaba.
Gabby Alvarez Alvarado
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