Crisis energética y desarrollo:
Quienes carecemos de petróleo también tenemos derechos

Nils Castro

El siglo XXI se ha iniciado con una crisis energética y todos tendremos que 
lidiar con ella, y con sus consecuencias ambientales. En estas 
circunstancias, la discusión sobre las fuentes de energía más adecuadas para 
sostener el desenvolvimiento de los países latinoamericanos --y 
especialmente en los países carentes de petróleo-- tiene un valor 
estratégico para nuestros pueblos.

En la historia de las civilizaciones cada etapa del desarrollo se ha 
vinculado a la explotación de determinadas fuentes de energía y, con 
frecuencia, las crisis y transformaciones se han correspondido con la mejor 
explotación, el agotamiento y el reemplazo de los respectivos recursos 
energéticos.

Así, hasta la era de los "descubrimientos" el progreso europeo se sustentó 
en el aprovechamiento de la energía hidráulica y la eólica, y las conquistas 
europeas en África, Asia y América se hicieron posibles gracias a sucesivos 
progresos en el empleo de la energía eólica en la navegación. Más tarde, en 
el siglo XIX, el rápido crecimiento de la industria y los transportes se 
consiguió al introducirse la máquina de vapor, y el carbón mineral o coke 
como fuente de energía térmica para alimentarla. Rico en energía, el carbón 
permitió un fuerte aumento de la capacidad productiva, que sustentó la 
revolución de la industria, la navegación y el ferrocarril del siglo XIX e 
inicios del XX.

Dos épocas

Recordarlo nos permite distinguir dos momentos de diferentes cualidades. 
Mientras los progresos dependieron del aprovechamiento de corrientes de agua 
o aire, todo ello se basó en el aprovechamiento de fuentes de energía 
limpias y además renovables. Es decir, que su explotación  no contamina el 
ambiente y están disponibles de forma prácticamente inagotable. Por el 
contrario, el carbón, quemado para las máquinas de vapor a la postre 
constituyó una de las fuentes  de contaminación ambiental más dañinas de la 
historia y, además, requirió explotar yacimientos que al cabo se van 
agotando.

El carbón mineral fue la primera explotación masiva de un recurso que 
permite obtener un alto rendimiento en corto plazo, pero que enseguida 
acumula determinados inconvenientes. Es un fósil --no es renovable puesto 
que su formación toma millones de años--, su combustión es muy contaminante, 
solo ciertos países poseen yacimientos y su disponibilidad finalmente se 
agota, lo que origina una gradual tendencia hacia la escasez. Aún así, en el 
caso del carbón esto último  no llegó a convertirse en un asunto muy crítico 
porque el petróleo vino a remplazarlo antes de que los yacimientos 
carboníferos se acabaran.[1]

Así pues, el tema energético supone por lo menos tres factores: rendimiento, 
contaminación y disponibilidad. El primero implica obtener mayor o menor 
cantidad de fuerza motriz a mayor o menor costo; el segundo, la posibilidad 
de conseguirla con mayores o menores consecuencias de polución ambiental, y 
el tercero tener acceso a las necesarias cantidades del recurso energético 
requerido para que sus usuarios puedan producir, transportar y competir.

A inicios del siglo XX, la introducción del motor de combustión interna 
pronto alcanzó rendimientos mucho mayores que la máquina de vapor, 
utilizando gasolina u otros derivados del petróleo. Además, con grados de 
contaminación relativamente menos intensos que los causados por el carbón, 
aunque aún demasiado contaminantes cuando se junta una creciente cantidad de 
motores.

Así, casi todos los desarrollos posteriores, sobre todo luego de la primera 
guerra mundial, estuvieron vinculados al uso mecánico de los derivados del 
petróleo.

En general, cada una de esas etapas históricas tuvo un período inicial de 
explotación exitosa de determinadas fuentes principales de energía, capaces 
de alcanzar mayores rendimientos en la producción y el transporte, así como 
subsiguientes períodos de creciente escasez y encarecimiento de las 
respectivas fuentes de energía --acompañados de esfuerzos por lograr mayor 
eficiencia en su explotación-- y, finalmente, por su progresivo reemplazo 
por otras fuentes y máquinas capaces de alimentar nuevos instrumentos de 
producción y transporte.

Desde finales del siglo pasado, estamos viviendo una de esas etapas de 
crisis y reemplazo: luego de explotar máquinas y rendimientos movidos por 
diversos derivados del petróleo, hemos entrado en un período en el cual este 
recurso ya es cuestionado y entra en su curva descendiente, una vez que las 
reservas de hidrocarburos muestran una tendencia a la escasez, y que el 
abuso de su utilización ha acumulado excesivos efectos de contaminación 
ambiental, que amenazan con detonar una grave crisis mundial.

Eso, entre otras cosas, nos advierte que ya estamos metidos en un problema 
global que se ha vuelto indispensable resolver.

En el pasado reciente, el abrupto encarecimiento de la gasolina en los años 
70, fue un problema cuya eclosión resultó de causas políticas o geopolíticas 
--intervenciones extranjeras, luchas de liberación nacional--, y al cabo 
pudo sortearse mejorando la eficiencia de los motores. La industria aportó 
motores más ahorradores y de mayor rendimiento y, además, se mejoró la 
calidad de los combustibles obtenidos del petróleo.[2]

Un agravante adicional

Pero esta vez la cuestión es diferente. La crisis que ya nos envuelve, y que 
se refleja en el brutal encarecimiento de la gasolina, tiene otros motivos. 
Por supuesto, las causas geopolíticas --como la intervención foránea y la 
guerra civil en el Medio Oriente-- influyen en alto grado. Además, provocan 
condiciones de inestabilidad que dan pie a abundante especulación. Sin 
embargo, eso  no es todo: ahora hay otro factor frente al que  no basta 
aplicar recursos y estrategias más eficientes y ahorradoras (aunque la 
eficiencia y el ahorro siguen volviéndose más y más indispensables).

Este problema adicional es una progresiva escasez que seguirá agudizándose. 
El consumo de derivados del petróleo tiene un alto crecimiento anual, a un 
ritmo mucho mayor que el de la entrada en explotación de nuevos yacimientos. 
Hay más incremento del consumo y menos reservas disponibles. Ello genera una 
tendencia hacia su encarecimiento. Esto, lógicamente, es más notorio en los 
países que carecen de petróleo, como los centroamericanos y la mayoría de 
los caribeños, con independencia de su grado de desarrollo.

A ello se agrega otro agravante: la industria refinadora siempre prefirió 
los crudos ligeros, menos sulfurosos, y sólo el crecimiento del consumo y la 
disminución de las disponibilidades ahora hace rentable extraer y refinar 
crudos pesados. Sin embargo, aún  no hay suficientes refinerías capaces de 
procesarlos estos crudos, lo que agrega una escasez adicional que también 
contribuye a encarecer los derivados.

Esto nos pone frente a dos cuestiones nuevas. Por un lado, el de la 
contaminación ambiental y sus amenazadoras consecuencias en materia del 
calentamiento global y cambio climático. Por otro, el del gradual 
agotamiento de los recursos fósiles. Por consiguiente, no basta luchar por 
menores precios y mejores facilidades para obtener el combustible, 
procesarlo y comercializarlo. Hay que procurar nuevas alternativas, otras 
fuentes de energía, accesibles y limpias. Ante semejante situación, la otra 
parte del asunto es: a cuáles nuevas opciones podremos apelar.

Sin atarse a una sola fuente

Por supuesto, poseer hidrocarburos nada tiene de malo; lo peor es  no 
tenerlo, o  no disponer de suficientes. Obviamente, el problema tiene 
distinto rostro desde la perspectiva de quienes poseen hidrocarburos y la 
perspectiva de quienes carecen de ellos. Para los carentes, esto exige 
buscar alternativas que nos ayuden a ser menos dependientes de esa fuente de 
energía, que desde el siglo pasado es la dominante. Para unos y otros, esto 
demanda que las soluciones que logremos hallar sean menos contaminantes.

Eso  no significa que ahora nos toque depender de otra fuente hegemónica de 
energía, sino que debe significar todo lo contrario. Lo que requerimos es 
diversificar nuestra canasta de ofertas energéticas, en la medida en que las 
podamos hacer accesibles y viables para nuestros propios fines.

Por ejemplo, en Panamá hoy se trabaja en dirección a incrementar el uso de 
formas clásicas de energía que ni dependen del petróleo ni son 
contaminantes. Se se vuelve a valorizar la construcción de hidroeléctricas y 
se adelantan proyectos eólicos --un parque de grandes abanicos-- con el fin 
de aprovechar los vientos del Atlántico y el Pacífico para generar 
electricidad.

Lamentablemente, en Panamá las primeras inversiones en hidroeléctricas se 
iniciaron con atraso, por imprevisión de los gobiernos anteriores a los años 
70. Fue en tiempos del General Torrijos que se empezó a construirlas, cuando 
Costa Rica y otros vecinos ya las tenían. Aún así, gracias a esa iniciativa 
tardía hoy casi la mitad de la electricidad que el país consume viene de 
esos embalses. De  no haberlos construido, ya padeceríamos crecientes 
apagones, porque el consumo eléctrico está creciendo más rápidamente que la 
producción. Esto hace urgente reanudar aquel esfuerzo, ampliando la 
diversidad de alternativas de las que podamos disponer.

Por sus elevados costos, no siempre se puede apelar a grandes 
hidroeléctricas[3]. Pero igualmente hay muy buenas posibilidades de 
construir hidroeléctricas pequeñas y medianas en muchos otros lugares del 
país --a veces en varios puntos de una misma cuenca-- que, a menor costo y 
riesgo, pueden sumar interesantes cantidades de energía.

Todavía hay quienes alegan que construir hidroeléctricas supuestamente 
atenta contra el medio ambiente y perjudica a las poblaciones campesinas que 
viven en las áreas involucradas. Ese es un pretexto sumamente reaccionario. 
Por un lado, los embalses para producir energía hidráulica nos proporcionan 
soberanía energética y recursos adicionales para el desarrollo nacional, 
además de que pueden ofrecer beneficios adicionales de riego y acuicultura. 
Todo está en que se normen, diseñen y administren como debe ser.

Por otro lado, en lo que toca a esas poblaciones rurales, ellas son 
comunidades que hoy viven mal y merecerían mejor calidad de vida. 
Reubicarlas en áreas y condiciones más favorables, con mejores tierras, 
asistencia técnica, servicios sociales y vías de comunicación debe ser parte 
insoslayable de los costos de cada proyecto hidroeléctrico. Por lo 
contrario, condenar a esas comunidades a  seguir en su actual situación es 
un acto de vileza. Ningún pretexto social ni ecológico justifica privarlas 
de esa oportunidad de cambiar sus condiciones de existencia.[4]

Aparte de las dos alternativas clásicas antes mencionadas --energías eólica 
e hidráulica--, Panamá tiene características geográficas que hacen posible 
explotar energía mareomotriz[5] y energía solar. De hecho, ya hay pequeños 
progresos locales en energía solar en comunidades rurales. Pero estas dos 
fuentes aún resultan caras y requieren nuevas tecnologías que permitan 
explotarlas a mucho mayor escala.

Una opción adicional

Por otra parte, con creciente énfasis se habla de los biocombustibles, como 
una prometedora nueva fuente de energía con la que pronto podremos contar. 
¿De qué se trata?

En nuestro país hay tradición cañera, enfocada a producir azúcar o alcohol. 
En cuanto al alcohol, hasta ahora generalmente hablamos del que se destina 
al consumo humano, en tanto que productores (y buenos consumidores) de ron. 
Pero  no todos los bebedores saben que existe un proceso industrial que 
convierte ese alcohol en un combustible automotriz actualmente muy cotizado.

La experiencia internacional de los últimos años, y en particular la 
experiencia brasileña, indica que el alcohol automotriz --esto es, alcohol 
deshidratado o etanol-- se puede obtener de varias materias primas 
vegetales. Pero, por amplio margen, la de mayor rendimiento es la caña de 
azúcar, que se puede cultivar en tierras secas e inapropiadas para otras 
siembras.

El auge de esta industria en Brasil ha propiciado mejoras genéticas que  no 
solo permiten obtener más energía por tonelada de caña, sino también zafras 
más prolongadas, en tierras donde otros cultivos tienen pobres rendimientos. 
Eso le da mayor atractivo a sembrar caña para producir etanol que para hacer 
azúcar. Además, esto promueve la industrialización rural y la oferta de 
empleos en el campo.

No obstante, hasta ahora, el mayor productor de etanol  no es Brasil, sino 
Estados Unidos. Este país  no tiene condiciones geográficas para cultivar 
caña, motivo por el cual allí lo hacen de maíz. Con el crecimiento de la 
demanda de etanol, eso tiene el malsano efecto de encarecer el precio del 
maíz, un producto que en muchos países sí constituye un alimento humano 
directo y que, además, es un importante forraje para la cría de otros 
comestibles.

Las autoridades norteamericanas reconocen que para producir etanol la caña 
tiene mucho mejor rendimiento. Esto es, para la economía norteamericana 
sería mejor negocio que los productores de caña le vendan etanol a Estados 
Unidos, en vez de hacerlo de maíz.

En un mundo donde millones de personas padecen hambre, eso ha motivado un 
debate sobre si producir etanol va contra la necesaria producción de 
alimentos. Se argumenta que ello implica dedicar tierras a surtirle 
combustible a los automóviles en vez de usarlas para garantizar la 
alimentación de la gente.

Pero ese extremo  no es el caso. No se  propone abastecer con gasolina todo 
el parque automotriz ni, menos aún, dedicarle al etanol toda la superficie 
agrícola.

Pare empezar por el comienzo, el tema en discusión es el relativo a 
incrementar la cantidad de combustible que se obtiene por hectárea, para 
mover el parque automotriz y otros motores con una combinación de ambos 
tipos de combustible --derivados de petróleo y bicombustibles--, lo que 
aumenta la disponibilidad de combustibles y disminuye los perjuicios 
ambientales.

En la experiencia brasileña esto ha tenido dos aspectos: uno, generalizar el 
consumo de alcoholina, una mezcla de gasolina y alcohol, con la cual los 
automóviles tradicionales pueden funcionar con igual rendimiento, sin 
hacerle ninguna modificación al motor. Se empezó con una mezcla del 10% de 
alcohol por 90% de gasolina y actualmente la proporción de alcohol es 
bastante mayor. Eso ha significado un enorme ahorro de petróleo y una gran 
reducción de sus efectos contaminantes.[6]

Otro, se introdujo un nuevo modelo de automóviles --que hoy predomina en ese 
país--, los llamados flex fuel o simplemente flex, vehículos que lo mismo 
pueden consumir gasolina o etanol, ya sea solos o mezclados en cualquier 
proporción. Eso le da gran popularidad a los flex: si la gasolina sube de 
precio le pones etanol al carro, si el alcohol se encarece, echas gasolina. 
Sin embargo, los flex son poco diferentes de los motores convencionales, 
pues se requieren pocos cambios para convertir un equipo o automóvil 
tradicional en un flex.

Y, finalmente, porque en Brasil se dedica menos del 2% de la tierra 
cultivada a hacer alcohol, mientras que, a la par, se ha promovido el gas 
natural como combustible automotriz[7]. Con el tiempo ese país, que antes 
dependía de importar combustibles, asimismo aumentó su producción petrolera 
y se ha convertido en exportador de hidrocarburos.

Una canasta más diversificada

No obstante, aquí es preciso hacer una precisión, para evitar malas 
interpretaciones. El etanol  no es mucho más barato que la gasolina. Usar 
etanol  no significa una gran reducción del precio por vehículo. Si el 
combustible que va al tanque es apenas el 10% de la mezcla, la diferencia de 
precio será chica. Entonces, cabe preguntarse ¿qué se gana con esto?

La verdad es que para el país la diferencia es bastante grande. Usar etanol 
significa que una parte del combustible consumido será de origen nacional, 
lo que además de reducir la importación de petróleo o derivados, robustece 
la industrialización y el empleo en áreas rurales. Si el 10% del combustible 
que usemos se produce en el país, muchos panameños se verán beneficiados, y 
una buena cantidad de tierras con deficiente producción agrícola, depredadas 
o mal usadas, se podrán convertir en áreas productivas.

Aparte de eso, hay plantas generadoras de electricidad movidas por etanol, 
lo que permitirá producir energía termoeléctrica limpia, reemplazar al 
bunker y preservar el ambiente.[8]

Además, para un país con amplio acceso al Pacífico, ello también da 
oportunidad de producir etanol  no sólo para el consumo local sino para 
exportar, puesto que la demanda de los mercados californiano y asiático es 
muy alta. Esa ventaja estará al alcance de los productores panameños, que 
ganarán bastante más vendiendo etanol que ofreciendo azúcar.

Y también existe una alternativa adicional: con una inversión relativamente 
pequeña, se puede operar usinas deshidratadoras de alcohol importado --de 
cualquier origen-- para exportarlo como etanol elaborado en Panamá. ¿Por qué 
los brasileños  no lo producen ellos mismos? Porque pagan altos aranceles 
para entrar al mercado estadounidense, al cual los panameños tenemos mejor 
acceso, además de que Panamá puede recibir y exportar ese producto por ambas 
costas.

Algo similar puede decirse del biodiesel, sustituto del diesel que puede 
obtenerse del fruto de la palma aceitera africana y de varios otros granos o 
coquillos. Hace años en Panamá --en el Distrito del Barú-- se sembró palma 
aceitera, pero luego el precio de su producto decayó al conocerse que el 
aceite de palma contiene colesterol. Pero ahora se valoriza, alcanzando 
precios muy superiores a los del banano, como materia prima de un aceite que 
puede mezclarse al diesel o usarse por sí solo como combustible para motores 
de autobús y de equipo pesado.

En la actualidad, las fincas bananeras de la costa del Pacífico están en 
crisis y su producción se ha reducido, porque los principales mercados están 
al otro lado del Atlántico. Buenas tierras, dotadas de buena 
infraestructura, están en subutilizadas o en desuso, dando lugar a un drama 
de desempleo y desolación. Sin embargo, es factible dedicar esas tierras a 
producir biodiesel, que hoy tiene alta demanda en mercados del Pacífico. La 
cuestión, pues, no es remplazar la producción de alimentos por la de 
combustibles, sino poner a producir un área que ha dejado de cultivarse.

No obstante, aquí debe reiterarse que nadie propone que todos los vehículos 
pasen a funcionar exclusivamente con etanol o biodiesel. Sería un disparate. 
No se pretende cañaveralizar al país de punta a punta, ni abandonar otros 
cultivos asimismo necesarios y valiosos. Esto se le ocurre solo a los mismos 
especuladores políticos que igualmente se oponen a las hidroeléctricas, lo 
que en la práctica significa condenarnos a pagarle toda la factura 
energética a las transnacionales que hoy nos imponen los actuales precios de 
los hidrocarburos.[9]

Al contrario. No se propone remplazar una dependencia por otra. Lo necesario 
es diversificar nuestras fuentes de energía y reducir la dependencia del 
petróleo. Como tampoco proponemos producir etanol con maíz. Eso es, en todo 
caso, un problema norteamericano ya que, precisamente, la ventaja de nuestra 
región es que podemos hacerlo de caña.

El objetivo es lograr una canasta energética diversificada, que cuente con 
hidroeléctricas, energía eólica, mareomotriz, solar, biocombustibles y otros 
posibles recursos energéticos. Una canasta plural que reduzca la hegemonía 
de dichas transnacionales y abra alternativas nacionales.

Las opciones de interconexión

Para ello existen más opciones. En América Latina hay países que tienen 
grandes reservas de petróleo y gas, y otros que nada poseen. En Sudamérica, 
eso ha planteado el importante tema de la interconexión que incluye, por 
ejemplo, los gasoductos que Bolivia y Venezuela tienen o proyectan hacia 
otras naciones de la región.

Es decir, existen o se prevén sistemas para transferir energía de unos a 
otros países latinoamericanos. Una forma de transferencia en la que se ha 
avanzado es la interconexión eléctrica. Es el caso, por ejemplo, del 
proyecto SIEPAC, que está completando esa interconexión a lo largo del Istmo 
centroamericano, desde Panamá hasta Guatemala, donde la línea se conectará 
con el sistema eléctrico mexicano.[10]

También es factible la interconexión eléctrica entre Panamá y Colombia, la 
cual a su vez es parte del proyecto para enlazar el sistema regional andino. 
Sin embargo, antes debemos cumplir otras tareas, sin la cuales  no se 
resolverá el fondo del problema. En primer lugar, Panamá debe potenciarse 
como nación productora de energía --las hidroeléctricas y otros proyectos lo 
hacen factible--, pues de otro modo  apenas pasaría de una a otra forma de 
dependencia energética.

Aparte de las consideraciones de soberanía energética, y de la necesidad de 
sostener el suministro frente a posibles contingencias e imprevistos, es 
necesario que el país desarrolle su propia capacidad, porque interconectarse 
también implica que cada uno de las naciones enlazadas debe generar 
aportaciones al sistema, para que éste pueda alternar las respectivas 
ofertas en los distintos horarios y estaciones del año.

Para financiar el proyecto de interconexión con los países sudamericanos y 
recibir esa energía a precios razonables, la mejor alternativa será 
negociarlo como miembros asociados de la Comunidad Andina (CAN), que ya ha 
implementado las normas que destinadas a regir su sistema eléctrico.[11]

En otro aspecto del tema, Panamá asimismo prevé conectarse con el gasoducto 
que unirá a Colombia y Venezuela. Colombia posee gas natural pero sus 
reservas  no son muy grandes y en algo más de un lustro se le agotarán. Pero 
en la región oriental de Venezuela hay grandes yacimientos de gas. Pronto se 
concluirá la construcción del tubo que llevará gas colombiano hasta 
Maracaibo para surtir a Venezuela mientras ésta termina el gasoducto que 
vendrá del Oriente venezolano hasta dicho puerto. Cuando esa conexión esté 
lista, será Venezuela quien le suministre gas a Colombia, y la intención es 
extender ese tubo por vía submarina hasta Panamá, y desde allí abastecer a 
Centroamérica.[12]

El gas natural, además de ofrecer energía limpia, lo mismo sirve para 
generar electricidad, que como combustible automotriz y doméstico y, además, 
es materia prima para la industria petroquímica, lo que a su vez permite 
procesar varios subproductos.

Su tiempo es ahora

Hay otro tema esencial, que es el de la eficiencia con que se aprovechen 
todos esos recursos. Como apunté al comienzo, luego de la crisis petrolera 
de los años 70 la industria perfeccionó los motores a gasolina, haciéndolos 
más eficientes, obteniendo mayor rendimiento con menor gasto de combustible. 
Aparte de que eso antes permitió prolongar hasta nuestros días el reinado 
del petróleo, en las actuales circunstancias ello vuelve a ser una cuestión 
esencial para nuestro presente y futuro.

El aprovechamiento más eficiente de la energía disponible  no es solo un 
tema técnico sino, sobre todo, un reto cultural. Es indispensable habituarse 
a ahorrar combustible, ahorrar energía, eliminar despilfarros y remplazar 
los equipos que consumen más de lo necesario. Esto empieza por premisas tan 
elementales como sustituir los bombillos incandescentes por focos 
fluorescentes, no dejar luces o equipos encendidos cuando  no están 
empleándose, etc. Todo lo que se ahorra equivale a recursos adicionales.

Ahora bien, aparte de todo lo anterior, finalmente la ciencia y la técnica 
seguirán explorando cómo usar otras fuentes de energía. Ya hace unos años la 
industria automotriz japonesa viene probando automóviles eléctricos, y más 
pronto que tarde los pondrá en el mercado. En la India se experimentan 
vehículos impulsados por aire comprimido, dotados de compresores eléctricos 
recargables.

Hay un recurso energético de gran rendimiento al que todos los países tienen 
acceso, pero que aún requiere estudios adicionales. Es el hidrógeno, gas 
altamente combustible y explosivo para el cual todavía falta desarrollar 
medios seguros de almacenamiento, transporte y servicio que permitan 
ofrecerlo satisfactoriamente. Hoy se sabe cómo obtener hidrogeno líquido a 
bajo costo, pero aún falta todo lo demás. Pero probablemente un día de este 
siglo XXI se dispondrá de vehículos impulsados por hidrogeno, gas que no 
contamina ni escasea.

Lo digo como una advertencia, no como una entretenida disquisición final. 
Una advertencia de que el etanol y el biodiesel, a su vez, serán soluciones 
temporales, puesto que tal vez en unos 25 años ya la industria generalice 
motores y vehículos eficientes impulsados por otros medios --los trenes 
eléctricos existen hace años-- y tanto la gasolina como los biocombustibles 
finalmente podrán perder interés. En pocas palabras, el tiempo de los 
biocombustibles es ahora mismo.

Complementarse, no contraponerse

No puede soslayarse que, en otro plano del debate, la discusión sobre el 
etanol está cruzada por consideraciones ideológicas que corresponden a 
premisas diferentes de las aquí hemos recapitulado. Ya que el etanol 
interesa a Estados Unidos y el presidente George W. Bush lo ha promovido, 
algunos de sus críticos cuestionan las intenciones estratégicas subyacentes. 
Pero esa es otra discusión.

En ella, por ejemplo, se denuncia la intención de poner la agricultura a 
surtir los automóviles, en vez de garantizarle comida a la gente, un asunto 
al que debe otorgársele la debida atención.

Antes de que el debate pueda sesgarse, cabe recordar que desde tiempos 
remotos la agricultura ha cultivado materias primas para la industria. 
Además, en países con tradición cañera donde también hay tierras depredadas 
o mal empleadas, no es  desacertado aprovecharlas para producir 
biocombustibles. Eso allí  no competiría contra la agricultura alimentaria. 
Este es el caso de Panamá, que  no prevé reducir la producción de alimentos 
para producir el etanol que le convenga, en tanto que eso  no implique 
destruir bosques o eliminar otras producciones agrícolas socialmente 
necesarias y sostenibles.

Por supuesto, el derecho a una adecuada alimentación debe prevalecer sobre 
las demás propuestas. Lo mismo el derecho de todos a un ambiente limpio y 
sano. Pero disponer de energía accesible, eficiente y sostenible también es 
un derecho de todos nuestros pueblos, y eso incluye buscarle alternativas al 
acaparamiento, agotamiento y carestía de los recursos energéticos hoy 
dominantes.

Ambas opciones deben complementase, en lugar de contraponerlas, porque sin 
energía accesible y limpia  no hay viabilidad ni desarrollo.


- Nils Castro es Catedrático y escritor panameño.

-

[1]. Pero el petróleo, a su vez, aunque rinde más y contamina algo menos, al 
final de cuentas sí reúne todos esos inconvenientes a medida en que se 
consumo se incrementa.
[2]. Se eliminó el uso del tetraetilo de plomo (gasolina sin plomo) y se 
redujeron otros contaminantes en la gasolina, se introdujo el conversor 
catalítico (catalizador), pero la emisión de anhídrido carbónico por un 
mayor número de máquinas siguió acumulándose.
[3]. Para ellas tenemos buenas alternativas en Chiriquí y Bocas del Toro, 
donde unas pocas represas podrán generar notables cantidades de energía, 
tanto para consumo nacional como para exportar a Centroamérica.
[4]. La actual práctica panameña para los estudios de impacto ambiental, y 
su vinculación al Protocolo de Kyoto, da como resultado que del 20 al 30% 
del presupuesto de este género de ingresos se destine al desarrollo social 
de las poblaciones circunvecinas.
[5]. Aprovechando la fuerza de las mareas del Pacífico.
[6]. El etanol es un excelente sustituto del tetraetilo de plomo, para 
obtener gasolinas menos contaminantes sin mermar su octanaje.
[7]. En una ciudad tan compleja como Sao Paulo, todos lo taxis funcionan con 
gas. Para los vehículos más pesados, se promueve el biodisel.
[8]. Con la ventaja adicional de que las plantas eléctricas a etanol son 
relativamente pequeñas y sin grandes dificultades pueden ser movidas de una 
a otra ubicación.
[9]. Si yo fuera representante de la Shell o la Texaco, gustosamente 
dedicaría parte de mi presupuesto de relaciones públicas a ayudar a los 
radicales que condenan construir hidroeléctricas o producir biocombustibles.
[10]. Eso permitirá que en las diferentes temporadas y horarios de consumo 
se puedan mercadear importantes cantidades de electricidad de un país a 
otro, lo que será muy provechoso y rentable.
[11]. En la CAN Panamá tiene, hasta ahora, la condición de observadora. Sin 
embargo, esa Comunidad ha manifestado disposición para facilitar que Panamá 
pase a ser miembro asociado.
[12]. Esto puede hacerse prolongando el gasoducto más allá de Panamá, o 
convirtiendo el gas en electricidad y exportarla a Centroamérica a través de 
la línea del Siepac.

http://alainet.org/active/20863






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