El enfoque escéptico de la política*

Mario Bunge
La Insignia. España, noviembre del 2007.

Según una opinión muy difundida entre los italianos, la gente se divide en 
dos clases: los furbi, o pícaros, y los fessi o tontos. Y, como sugieren los 
éxitos pasados de Silvio Berlusconi, uno de cada dos italianos han admirado 
más a los furbi que a los fessi. Lea lo que sigue para no caer en la 
ignominiosa categoría de los fessi.

Durante dos milenios los filósofos escépticos nos han alertado contra las 
supercherías religiosas y los fraudes intelectuales. Pero ninguno de ellos, 
ni siquiera Sexto Empírico en la Antigüedad, ni Francisco Sánches en el 
Renacimiento, ni David Hume en la Ilustración, ni Bertrand Russell en el 
siglo pasado, nos han advertido contra los espejismos y crímenes políticos, 
pese a que ellos son mucho más peligrosos que cualquier superstición.

En lo que sigue procuraré reparar esta omisión. Argüiré que, aunque en 
materia política todos somos tuertos, más vale que el ojo vidente sea 
escéptico. Y, para que no se crea que predico el escepticismo político 
radical y destructivo, o sea, el anarquismo, empezaré por distinguirlo del 
escepticismo moderado o puramente metodológico que recomendara Descartes y 
que se practica en ciencia y en técnica, a saber, el que recomienda dudar 
antes y después de creer.

Escépticos moderados y escépticos radicales

Se cree comúnmente que los escépticos no tienen creencias. Esta creencia 
acerca de los escépticos es falsa, ya que sin creencias de algún tipo no 
sobreviviríamos. Por ejemplo, el ratón que creyera que los gatos son 
productos de su imaginación no dejaría descendencia; tampoco el peatón que 
no creyera conveniente mirar a ambos lados de la calle antes de cruzarla. 
Las creencias, pues, son fuentes de acción. Quien nada cree nada hace y por 
lo tanto vive aun peor y menos que el dogmático.

Contrariamente a lo que sucede con los gusanos, en los humanos el estímulo 
no causa directamente una respuesta, sino que es refractado por un sistema 
de creencias. Esto explica por qué un mismo estímulo, tal como una frase, 
provoca una reacción en Fulano y otra diferente en Zutano. Por ejemplo, la 
expresión "justicia social" alarma al conservador pero atrae al progresista.

Desde luego, no todas las creencias son equivalentes: unas son más 
verdaderas o eficaces que otras. El dogmático es esclavo de creencias que no 
ha examinado críticamente, de modo que se arriesga a obrar mal. El escéptico 
radical, el que nada cree, no está al abrigo de toda creencia, sino que es 
víctima de creencias inconscientes. En cambio, el escéptico moderado, el que 
sopesa ideas antes de adoptarlas o rechazarlas, está en condición de actuar 
racional y eficazmente. En otras palabras, mientras el escéptico radical es 
nihilista, el escéptico moderado es constructivo. Y lo que construye, a 
diferencia del edificio dogmático, no se desploma al primer temblor, porque 
ya ha pasado pruebas escépticas.

Entre los sistemas de creencias figuran las ideologías, o sea, los cuerpos 
de ideas acerca de la naturaleza del mundo, del más allá, de los valores y 
de las normas morales y políticas. Las creencias ideológicas suelen ser las 
más fuertes. Tanto, que muchos científicos eminentes, que rechazaron todas 
las pseudociencias consabidas, se aferraron a dogmas religiosos o políticos. 
Por ejemplo, Theodosius Dobzhansky, uno de los padres de la síntesis de la 
biología evolutiva con la genética, fue un ferviente cristiano. El gran 
biólogo J. B. S. Haldane y el no menos insigne físico John D. Bernal fueron 
estalinistas tan ortodoxos que defendieron los disparates de Trofim Lysenko, 
el enemigo de la genética cuyas hipótesis pseudocientíficas hicieron 
retroceder a la agricultura soviética. O sea, que una sólida formación 
científica no vacuna contra la pseudociencia. Para vacunarse hay que 
combinar la actitud científica con el análisis metodológico. Esto vale tanto 
para el conocimiento como para la política.

Casi todos enfrentamos los acontecimientos políticos con algún preconcepto 
ideológico: progresista o reaccionario, neoliberal o socialista, secular o 
religioso, etc. Esto es inevitable pero azaroso, porque las ideologias son 
respuestas prefabricadas a estímulos esperables, y la realidad social es en 
gran medida impredecible porque la vamos haciendo de a poco y en forma más 
improvisada que científica. Por este motivo hay que poner especial cuidado 
en la formación y propagación de una ideología. Sin embargo, el enfoque 
ideológico no es un obstáculo a la comprensión de la politica si se está 
dispuesto a reexaminar de tanto en tanto los principios de la ideologia en 
cuestión, para verificar si se ajustan a la nueva realidad, a la moral y a 
nuestras aspiraciones legítimas. Seamos escépticos; pero moderados, no 
radicales. O sea, adoptemos el escepticismo metodológico y rechacemos el 
escepticismo radical, porque se niega a sí mismo y es puramente destructivo.

El buen demócrata es un escéptico moderado porque está alerta a las posibles 
violaciones de las reglas democráticas: al fraude, la corrupción, el 
cercenamienrto de las libertades básicas, la agresión militar, etc. En 
cambio, el escéptico radical, el que nada cree, se pone al margen de la 
política, y con ello se hace víctima de ella. Al dogmático le va igual que 
al escéptico radical: también él se pone a merced de los demás en lugar de 
actuar conscientemente por el bien común y contra quienes cometen acciones 
antisociales. En resumen, el buen demócrata no obedece ni desobedece 
ciegamente: todo lo examina y sopesa.

En lo que sigue intentaré alertar contra minas terrestres de ocho clases que 
acechan a quien se aventure a caminar por el terreno político: confusión, 
error, exageración, profecía, engaño, pagaré, maquiavelismo y crimen. No lo 
haré para alejaros de la política sino, muy por el contrario, para instaros 
a que participéis en ella con ojo escéptico antes que cegados por dogmas o 
ilusiones infundadas.

Confusiones

Confundir es identificar lo distinto. La confusión puede ser involuntaria o 
deliberada. La confusión involuntaria es el precio que pagamos por la 
ignorancia, el apresuramiento, la improvisacion o la superficialidad. La 
confusión deliberada, en cambio, es un delito, ya que es un engaño. Esto 
ocurre, por ejemplo, cuando se identifica la libertad con la libre empresa o 
el libre comercio, el derecho a la defensa con la agresión armada, la 
socialización de los medios de producción con la estatización, y la 
propaganda con la información.

Una de las confusiones más difundidas y provechosas en política es la 
identificación o confusión de los dos tipos de terrorismo: el de arriba o de 
Estado, y el de abajo o de grupo clandestino, tal como el que practican las 
organizaciones paramilitares, con apoyo estatal o sin él. Esta confusión es 
políticamente provechosa porque permite tildar de terroristas a los 
guerrilleros que toman las armas para hostilizar a un gobierno opresor o un 
ejército invasor. Más aun, a veces el Estado recurre a los mismos medios que 
usan los terroristas de abajo: castigo colectivo, intimidación, ejecución 
sumaria, tortura, o exacción. Este recurso es ilegal porque hace a un 
costado el tribunal ordinario, único facultado para juzgar los crímenes al 
por menor. Un gobierno que utilice esos recursos extralegales carece de 
legitimidad legal y moral. Un Estado auténticamente democrático no puede 
darse el lujo de usar los mismos métodos de quienes combaten la democracia. 
Hacerlo es pura hipocresía.

Los errores

El error es tan común en política como como en ciencia, pero la corrección 
del error es menos frecuente en política que en ciencia, porque al político 
común le interesa más el poder que la verdad. Además, el político puede 
cometer errores morales, o sea, delitos de distintas envergaduras, desde el 
engaño al electorado hasta la agresión, mientras que lo peor que puede hacer 
un científico es cometer fraude, lo que puede ser grave dentro de la 
comunidad científica pero no toca a la ciudadanía.

Los errores politicos pueden ser tácticos o estratégicos. Los errores 
tácticos, o técnicos, son mucho más fáciles de corregir que los 
estratégicos, ya que éstos involucran principios y metas. Un error 
estratégico común es el oportunismo, tal como aliarse con el enemigo de 
nuestro enemigo con el solo fin de derrotar al adversario. Este es un error 
grave porque involucra traicionar principios básicos.

Otro error del mismo tipo es tomar en serio la llamada ley de Hotelling, 
conforme a la cual siempre conviene desplazarse hacia el centro del espectro 
político, para capturar votos del adversario. Esta estrategia electoral 
puede dar resultados inmediatos, pero a la larga es suicida, porque a medida 
que se esfuman las diferencias entre los partidos se debilita la motivación 
del votante para elegir entre ellos: prefiere quedarse en casa, aduciendo 
que, puesto que todos son iguales, no tiene caso elegir entre ellos.

Las exageraciones

En política suelen cometerse errores de evaluación, en particular 
exageraciones y subestimaciones. Por ejemplo, los izquierdistas tienen la 
tendencia a tachar de fascistas a los autoritarios, incluso a los 
conservadores. En particular, acusamos de dictadura a cualquier gobierno que 
conculque algunas libertades democraticas, aunque no encarcele en masa a los 
opositores. Por ejemplo, en su tiempo se acusó de dictadura a los gobiernos 
de los generales Primo de Rivera y Perón, cuando de hecho fueron 
dictablandas. Las exageraciones de este tipo atemorizan a unos y llevan a 
otros a tomar medidas innecesariamente radicales. Tampoco hay que cometer el 
error opuesto, de subestimar al adversario. Un ejemplo de este error es el 
que comete el eminente sociólogo político Michael Mann en su monumental 
Fascism (2004), al afirmar que el franquismo no fue fascista. Llega a esta 
conclusión porque el franquismo no se ajusta a su definición idiosincrática 
de fascismo. Según Mann, "el fascismo es la búsqueda de un estatismo 
nacionalista [nation-statism] transcendente y purificador mediante el 
paramilitarismo". Puesto que la organización paramilitar facciosa, la 
Falange, era pequeña, el franquismo no se ajusta a esa definición. Lo mismo 
se aplicaría al régimen del Mariscal Horthy en Hungría.

A mi juicio, esto sólo muestra que la definición de Mann es defectuosa, ya 
que el régimen franquista colmó los deseos de los super-ricos, así como los 
de Hitler y Mussolini, escuchó las plegarias del Papa y ejecutó a más 
opositores que cualquier otro régimen fascista. ¿Para qué montar una fuerte 
banda paramilitar de señoritos voluntarios si se dispone de casi todas las 
fuerzas armadas del país, de los aviones y buques de guerra alemanes, y de 
los llamados voluntarios italianos? El error de Mann consistió en aferrarse 
a una definición en lugar de empezar por una provisional, ponerla a prueba, 
y terminar proponiendo una definición más adecuada que la inicial. O sea, en 
este caso no se ajustó al método científico.

Las profecías

La profecía es especialidad del líder religioso, del ideólogo que cree 
conocer las leyes de la historia, del macroeconomista ortodoxo, del político 
inescrupuloso y del vendedor de grasa de culebra. Es posible hacer profecías 
políticas correctas referentes a sociedades tradicionales, homogéneas y 
carentes de cuantiosos recursos naturales. Las sociedades de este tipo 
pueden persistir durante bastante tiempo en el mismo estado, porque no 
tienen divisiones que generen conflictos internos graves ni tientan a 
potencias extranjeras. Pero las cosas cambian radicalmente en cuanto 
aparecen la modernidad, la sociodiversidad pronunciada o una gran riqueza 
natural. Cuando esto ocurre suceden cambios imprevisibles.

La modernidad, la innovación técnica y la gran diversidad social van 
acompañadas de cambios sociales impredictibles. La primera favorece el 
cambio, por dar rienda suelta a la creatividad, la que consiste, 
precisamente, en inventar cosas, procesos e ideas nunca pensados antes. Y la 
gran diversidad social, sobre todo si consiste en desigualdades pronunciadas 
de acceso al poder económico, político o cultural, genera conflictos de 
resultado incierto. Baste recordar las grandes revoluciones sociales y los 
trágicos conflictos bélicos de los últimos dos siglos. Nadie predijo la 
Revolución Rusa, el ascenso del nazismo al poder, la gran alianza contra el 
Eje fascista o la implosión del Imperio soviético. En nuestros días, al 
ordenar la tercera invasión del Líbano, Ehud Olmert, primer ministro 
israelí, profetizó "un nuevo Oriente Medio" al terminar la operación. 
Treinta y tres días después, al ordenar la retirada de las tropas invasoras, 
las que no habían hecho sino matar y destruir, Olmert confesó que su ánimo 
se había tornado "sombrío, humilde y pesimista".

Pese a los fracasos sucesivos de las profecías desde los tiempos bíblicos, 
millones creyeron en la profecía cristiana del fin del mundo, en la marxista 
de la bancarrota del capitalismo y en la neoliberal de la prosperidad que 
causaría el libre comercio, pero que no le llegó al Tercer Mundo. Otros 
creyeron en la profecía del primer presidente Bush, quien en 1990 afirmó que 
el precio del petróleo bajaría al ganar la Guerra del Golfo. De hecho, desde 
entonces ese precio subió de 20 a 70 dólares por barril, debido en parte a 
la política exterior de su hijo.

La única región del mundo acerca de la cual me atrevo a hacer una 
predicción, por cierto sombría, es el llamado Oriente Medio, que en realidad 
es próximo. Esta ha sido una región conflictiva desde el colapso del Imperio 
otomano porque flota sobre el mar de petróleo más vasto del planeta, porque 
el petróleo es muy codiciado por todos los países, y porque hay una sola 
potencia capaz de controlarlo o incluso poseerlo por la fuerza sin que le 
importe violar una y otra vez el derecho internacional. Por este motivo me 
atrevo a profetizar que Oriente Medio seguirá siendo conflictivo, aunque se 
firmen docenas de tratados, mientras le quede un barril de petróleo.

Los estadounidenses están dispuestos a sacrificar por este motivo hasta el 
último soldado israelí, y los reclutadores islamistas hasta el último 
mártir-asesino, para defender el óleo sagrado. Poderoso caballero es Don 
Petróleo. Si quedare duda, imagínese lo que occurriría si Israel hubiera 
sido instalado en Patagonia o Amazonía en lugar de Palestina. ¿Qué interés 
habrían tenido los estadounidenses en transformar a Israel en la fortaleza 
más potente de la región, la única dotada de armas de destrucción masiva, y 
la única capaz de defender el acceso de las firmas norteamericanas a ese 
tesoro fabuloso?

En resumen, es posible acertarla con predicciones en pequeña escala y a 
corto plazo, así como con predicciones referentes a recursos naturales. En 
cambio, no es posible acertarla con profecías sociales grandiosas. Esto se 
debe a que no conocemos las leyes de la historia, y ni siquiera sabemos si 
las hay.

Engaños

Al día siguiente al atentado terrorista del 11 de setiembre de 2001, el 
titular de la primera plana de The New York Times ponía: "Los EE.UU. bajo 
ataque." Daba la impresión de que se trataba de un nuevo Pearl Harbor: que 
la nación norteamericana estaba en guerra porque había sido atacada por otra 
potencia, la que ahora se llamaba "terrorismo". Era la guerra contra el 
terror, enemigo sin territorio ni gobierno, pero no menos temible por ello, 
y que exigía la movilización del pueblo: leyes de emergencia, recursos 
extraordinarios y, sobre todo, unión en torno al líder del mundo libre, el 
presidente George W. Bush, reelecto un año después pese a su incompetencia.

Esa presunta noticia fue falsa porque, por definición, "guerra" es conflicto 
armado entre dos naciones con sus respectivas fuerzas armadas, y en este 
caso había una sola nación y el enemigo no era una fuerza armada sino una 
minúscula banda de criminales fanáticos no identificados. Es como si el 
gobierno español hubiera afirmado que estaba en guerra con ETA, hubiera 
bombardeado y ocupado el sur de Francia por albergar a etarras, y hubiera 
construído una prisión política para vascos sospechosos en una ex-colonia 
africana para "interrogarlos" y sustraerlos a la justicia española.

Como dice George Soros en su último libro, The Era of Fallibility, la 
"guerra al terror" no es sino una metáfora políticamente conveniente. Tanto, 
que engañó al pueblo norteamericano, recortó las libertades civiles, 
dividió, entonteció y desarmó a la oposición, prometió un torrente 
inagotable de petróleo barato, e hizo regalos colosales al puñado de 
empresas amigas de la Casa Blanca. Años después el mismo gran periódico 
admitió la falsedad de su "información" de que Irak poseía armas de 
destrucción masiva y había participado en el ataque 9/11. Pero ya era 
demasiado tarde: ya habían sido agredidas y ocupadas dos naciones, ya habían 
muerto decenas de miles de civiles inocentes, ya habían sido 
irreversiblemente arruinadas las vidas de centenares de miles de personas, y 
ya habían sido reducidas a escombros centenares de hospitales, escuelas, 
centrales eléctricas, plantas purificadoras de agua, fábricas, puentes, y 
casas privadas. O sea, ya se habían cometido innumerables crímenes de 
guerra. Sin embargo, estas operaciones en nombre de la libertad y la 
democracia le ganaron a George W. Bush y su partido una nueva victoria 
electoral. Un vez más, la alquimia política había transmutado a comediantes 
y delincuentes en grandes estadistas.

El engaño político es particularmente exitoso y repugnante cuando va 
disfrazado de cruzada moral, cuando los líderes les dicen a sus 
conciudadanos: "Nosotros somos buenos, y ellos son malos, de modo que 
nuestra guerra con ellos es una cruzada del Bien contra del Mal". El 
escéptico sabe que cada uno de nosotros es medio ángel y medio demonio, 
Doctor Jekyll de día y Mister Hide de noche, bueno en el hogar y malo en el 
trabajo o al revés. Por lo tanto, el escéptico les exige a los políticos 
maniqueos que le digan claramente en qué aspectos "nosotros" somos buenos y 
en cuáles "ellos" son malos. Puede ocurrir que no haya gran diferencia moral 
entre ambos bandos, y que su conflicto no sea moral sino material: que no se 
trate del Bien sino de bienes, tales como tierra, agua, petróleo y mercados.

Otra cruzada en que están empeñados miles de politicos profesionales es la 
promoción de la libre empresa y el libre comercio, pese a que ninguno de 
ellos han hecho progresar a los países subdesarrollados. Los Vargas Llosa, 
el novelista justamente famoso y su hijo Alvaro, militan en esta cruzada. 
Vargas Llosa hijo ha acusado a los izquierdistas latinoamericanos de ser 
idiotas por persistir en el error socialista y no comprender los beneficios 
del llamado neoliberalismo, que no es sino la tentativa de volver al 
capitalismo desenfrenado del siglo XIX. Otro hijo famoso, el del padre del 
capitalista más poderoso del mundo, disiente. En efecto, Bill Gates declaró 
hace poco, en la famosa audición de Bill Moyers, que, si bien el capitalismo 
había sido una bendición para el primer mundo, había resultado una maldición 
para el tercero. El escéptico ingenuo queda en la duda: ¿cuál de los dos 
hijos será el idiota, Bill o Alvarito?

Finalmente, no hay engaño exitoso sin autoengaño de otros: Don Juan cuenta 
con el autoengaño del cornudo. Los niños que se enrolaron en la Cruzada de 
los Niños creyeron que se ganarían el paraíso al ir a rescatar el Santo 
Sepulcro de manos de los infieles; millones de ciudadanos soviéticos 
creyeron que estaban construyendo el "socialismo real", cuando de hecho se 
estaban sacrificando por el socialismo de Estado; los mandatarios chinos 
siguen llamándose a sí mismos comunistas al mismo tiempo que favorecen el 
ensanchamiento del abismo entre ricos y pobres; y millones de 
norteamericanos creyeron a su presidente cuando les aseguró que la dictadura 
irakí poseía armas de destrucción masiva que amenazaban su derecho sagrado 
al petróleo ajeno.

El escéptico procurará mantener en buen estado a su detector de mentiras, 
para no dejarse extraviar por cantos de sirenas de afuera ni de adentro. 
Pero, contrariamente a Odiseo (a) Ulises, no se amarrará al mástil de su 
barco dejando que éste navegue a la deriva, sino que empuñará el timón para 
seguir buscando la verdad.

Pagarés

Todo político tiene que firmar pagarés, o sea, hacer promesas. Si es 
honesto, los firmará creyendo que podrá levantarlos, aun sabiendo que pueden 
ocurrir acontecimientos inesperados, tales como sequías prolongadas y 
agresiones extranjeras, que le impidan cumplir su palabra.

Lenin prometió que la combinación de poder soviético con electrificación 
gestaría el socialismo, pero éste nunca llegó. Hitler prometió un reino 
milenario, el que no duró sino 12 años. Durante la segunda guerra mundial 
Roosevelt y Churchill prometieron un mundo sin miedo, en vísperas del peor 
susto que sufrió la humanidad desde el año 1.000: la amenaza de guerra 
nuclear. Perón prometió la justicia social, la que jamás llegó. Y ahora Bush 
promete regalarles libertad y democracia a todos los pueblos, aunque no las 
quieran. No hay como firmar pagarés políticos para omnubilar el espíritu 
crítico.

Ocasionalmente el político ambicioso, aunque básicamente honesto, firmará 
pagarés literalmente a diestra y siniestra, para obtener el apoyo de grupos 
políticos de idearios muy diferentes del suyo propio. Si triunfare, se 
encontrará con la imposibilidad de cumplir con los diestros sin ofender a 
los siniestros y recíprocamente. Esto le ocurrió a Arturo Frondizi, el 
primer presidente constitucional argentino después de la caída de Perón. No 
sólo no pudo levantar todos los pagarés que había firmado, sino que se topó 
con los tres enemigos tradicionales de la democracia latinoamericana: las 
fuerzas armadas, la Iglesia católica y el servicio estadounidense de 
espionaje.

El ciudadano con ojo escéptico intentará averiguar qué pagarés ha firmado su 
candidato, así como estimará la posibilidad que tiene de levantarlos. Si le 
parece que ha prometido demasiado a demasiada gente, se lo hará saber, para 
que el candidato se desligue a tiempo de algunos compromisos. Siempre es 
preferible conservar el capital político bien habido a malgastar el 
malhabido.

Maquiavelismo

Nicolás Maquiavelo fue uno de los más grandes politólogos de todos los 
tiempos, pero también fue un técnico siniestro de la manipulación política. 
Lo que hoy llamamos maquiavelismo puede resumirse en el consejo utilitarista 
"El fin justifica a los medios". En otras palabras, la receta es armarse de 
insensibilidad moral.

Es moralmente insensible el que pasa por alto la pobreza, la violencia, la 
corrupción y la ignorancia, pero en cambio exige sacrificios para mayor 
gloria de Dios, de la patria o de un ideario. Un movimiento político es 
moral si y sólo si se propone sinceramente mejorar el estilo de vida de las 
gentes, o sea, si es democrático y progresista, porque en tal caso es 
prosocial. En cambio, un movimiento político es inmoral si es antisocial, o 
sea, si favorece los intereses de una minoría a costillas de la mayoría. 
Acabo de plagiar a Alexis de Tocqueville, a casi dos siglos de distancia.

Sin embargo, ¡ojo escéptico!, porque un político puede abogar de buena fe 
por fines morales al mismo tiempo que emplea medios inmorales para 
conseguirlos. Primer ejemplo: el igualitario que practica el elitismo al 
sostener la necesidad de una dictadura para imponer la igualdad. Segundo 
ejemplo: el demócrata que pretende imponer la democracia a tiros o a 
dólares. Tercer ejemplo: el liberal que ejerce la censura para impedir la 
discusión y difusión de ideas reaccionarias o socialistas.

En conclusión, el escéptico examinará no sólo las metas de un movimiento 
político sino también los medios de que se vale para alcanzarlos. De lo 
contrario se hará cómplice de alguna de las grandes hipocresías de nuestro 
tiempo: la guerra para acabar con las guerras, la dictadura para realizar la 
emancipación, el centralismo democrático, y la invasión para difundir la 
democracia. Para hacer una tortilla hay que romper huevos, pero frescos, no 
podridos, ni menos aun cuando están siendo empollados.

Crímenes

En política, igual que en la vida cotidiana, se cometen errores morales, o 
sea, acciones antisociales, que son las que benefician al actor en perjuicio 
de otros. Los errores morales pueden ser voluntarios o involuntarios, de 
comisión o de omisión. Cuando el daño consiste en la muerte de inocentes, o 
en la destrucción de cosas muy necesarias para otros, tales como hospitales, 
fuentes de energía y puentes, el error es un crimen.

De todos los errores morales deliberados, el peor es la agresión, de 
cualquier tipo y a cualquier escala. Y de todas las agresiones la peor es la 
armada, particularmente la agresión armada en gran escala, o sea, la guerra, 
ya que es asesinato al por mayor. Ya en 1870 mi compatriota, Juan Bautista 
Alberdi, escribió un libro titulado El crimen de la guerra, que tendrían que 
leer los filósofos y teólogos que escriben sobre la guerra justa, cuando de 
hecho a lo sumo hay un bando justo en una guerra.

Pese a que la agresión militar es un crimen prohibido por la Carta de las 
Naciones Unidas, sigue habiendo guerras y se sigue usando el símil bélico 
para nombrar campañas de distintos tipos: guerra a la droga, al crimen, al 
SIDA, al analfabetismo, etc. En cuanto se habla de guerra, literal o 
metafórica, se puede recurrir al patriotismo, ya auténtico, ya fabricado ad 
hoc para privar a la gente de su facultad crítica, de su juicio moral, o de 
su libertad. Por todo esto es escandaloso que sean tan pocos los filósofos 
morales que hayan condenado la guerra; que los cursos universitarios de 
ética le dediquen mucha menos atención que al caso proverbial del padre que 
roba un pan para alimentar a sus hijos hambrientos; y que los 
fundamentalistas cristianos no se manifiesten contra la guerra, el crimen 
máximo, ni voten contra quienes la inician, en lugar de desfilar contra el 
aborto y el matrimonio homosexual.

Es característico de los guerreros de sillón, desde los políticos que 
organizaron la primera masacre mundial hasta nuestros días, el que todo lo 
vean en términos de victorias y derrotas, nada en términos morales. Por 
ejemplo, en el documental The fog of war, dedicado a la vida pública de 
Robert S. McNamara, éste confiesa haber cometido varios errores al organizar 
la guerra contra Vietnam en su calidad de secretario de defensa de los 
presidentes Kennedy y Johnson, pero rechaza categóricamente la acusación de 
haber cometido crímenes de guerra, pese a haber ordenado el bombardeo 
indiscrimnado de poblaciones civiles, la fumigación con "agente naranja", el 
desmantelamiento de aldeas, y muchos otros actos prohibidos explícitamente 
por la Convención de Ginebra y la Carta de las Naciones Unidas. Las personas 
normales, en cambio, sabemos que la agresión bélica es criminal y por lo 
tanto inmoral.

Con el pretexto de que la mejor defensa es la agresión, a menudo el agresor 
alega que dispara primero para defenderse mejor. Se habla así de guerra 
preventiva, se invade países enteros para aprehender a un puñado de 
terroristas y, con el pretexto de la seguridad, se cercenan las libertades 
civiles. A los ojos del escéptico, la guerra, ya auténtica, ya metafórica, 
es un delito que sólo conviene a unas pocas compañías y a los políticos que 
medran con la credulidad del ciudadano.

Moralejas escépticas

Terminaré enunciando un puñado colmado de moralejas escépticas.

1. Confundir deliberadamente es estafar. No se deje estafar.
2. Errar es humano, pero persistir en el error es estúpido o criminal. 
Corrija sus errores antes de que lo tomen por tonto o por canalla.
3. En política, exagerar para cualquiera de los dos lados es peligroso. No 
arriesgue el pellejo subestimando, ni haga el ridículo exagerando.
4. Las predicciones políticas son azarosas porque no conocemos leyes 
históricas. Desconfíe de quien le ofrezca venderle el futuro, sobre todo en 
cuotas de sangre.
5. En política las palabras sirven, ya para informar, ya para engañar. No 
sea ingenuo: tome con pinzas y examine todo lo que le digan, y recuerde que 
el mentiroso mayorista suele ser premiado y recordado, ya injustamente como 
gran hombre, ya justamente como gran rufián.
6. Antes de aceptar un pagaré político averigüe si el firmante es solvente y 
si su pasado inspira confianza.
7. Desenmascare el maquiavelismo: contribuya a moralizar la política. A 
buenos fines, buenos medios.
8. Recuerde que la agresión armada, por justificada que parezca, es un 
crimen. Y que este crimen se da en dos variedades: de abajo y de arriba (o 
terrorismo de Estado). El terrorista de abajo puede caer bajo el Código 
Penal, mientras que al de arriba le cabe el Código de Nüremberg. En resumen, 
cuando oiga la palabra "guerra", desconfíe: acuda al diccionario y averigüe 
quién es el auténtico enemigo y cómo combatirlo sin cometer crímenes de 
guerra.

Metamoraleja: Desconfíe de todas las moralejas, incluso de las que acaba de 
leer, pero no se deje paralizar por la desconfianza. La duda sacude y la 
crítica quiebra, pero para que haya algo que sacudir o quebrar es preciso 
empezar por construirlo. (En inglés queda más bonito: Doubt shakes and 
criticism breaks: Neither makes, and making is what counts.) Para que sirva, 
el escepticismo no debe ser una doctrina sino una fase de la investigación.

(*) Conferencia de Mario Bunge en Barcelona (España), 2006.
http://www.lainsignia.org/2007/noviembre/cul_031.htm

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