Listeras y listeros:

La derrota de la propuesta de reforma constitucional
de Hugo Chávez tiene un significado estratégico que
hay que subrayar, por encima de otras consideraciones
de política doméstica: el pueblo venezolano ha
considerado que el sistema democrático tiene un valor
sustantivo, que no es sacrificable por la obtención de
mayores cuotas de bienestar económico y social. 

Es decir, la pérdida en poco tiempo de varios millones
de votos no está referida solamente a una gestión
pública deficiente o los golpes que ha recibido Chávez
en su imagen internacional. Se refiere directamente a
la percepción del pueblo venezolano de que el sistema
político que proponía Chávez aumentaba sus rasgos
autocráticos y fragilizaba las libertades públicas. Es
decir, la gente ha percibido que darle más poderes al
presidente y cambiar concomitantemente la estructura
administrativa y territorial del Estado reducía el
juego democrático. Y lo ha rechazado.

Es importante captar que eso no significa tanto una
victoria de las posiciones de la oposición, como un
rechazo específico a la propuesta chapista de cambio
político. De hecho, cada sector sociopolítico ha
operado de manera distinta. Es cierto que la oposición
ha ganado adeptos en esta oportunidad. Pero la mayoría
de los millones de votos que ha perdido Chávez, en
relación con la anterior elección presidencial, se han
ido a la abstención. Es decir, esa ha sido la fórmula
empleada por los votantes de Chávez que no les pareció
buena la propuesta de su Presidente.

La revalorización de la democracia como un bien
público sustantivo es una excelente noticia para el
continente latinoamericano y un claro mentís a quienes
siguen con la idea de que la emancipación solo refiere
al bienestar socioeconómico de los pueblos. En la
compleja situación venezolana, habrá que ver si esta
revalorización se capta como una tendencia progresista
y no como una victoria de la derecha. Algo que, desde
luego, está estrechamente relacionado con la difícil
reconstrucción de una verdadera izquierda democrática
en ese país.

Por otra parte, si se coloca en el escenario regional,
la noticia significa un parteaguas. El liderazgo
populista del chavismo tiene ahora menos atracción
para otros países encaminados en una dirección
semejante. Un caso especialmente importante es la
situación boliviana. Es necesario decir que una de las
razones por las que Chávez no se jugó por impulsar una
Asamblea Constituyente para modificar el sistema
político refiere al empantanamiento de la misma en
Bolivia. Meterse en un proceso constituyente sin tener
garantía de algún tipo de mayoría cualificada es un
camino pesado. Evo y el MAS se la jugaron
optimistamente a los dos tercios y cuando descubrieron
que el electorado no se los dio, se enfrentaron a una
dura disyuntiva: o aceptaban que no consiguieron la
mayoría establecida por ellos mismos y se disponían a
la negociación o bien se olvidaban de su propia regla
del juego y se iban a un conflicto en donde la
oposición aparece cargada de razón. La constante
oscilación entre ambas opciones forman ya el largo
camino de Damasco de Evo Morales, que Hugo Chávez no
estaba dispuesto a recorrer.

Ahora bien, a su vez, la revalorización de la
democracia en Venezuela tendrá previsiblemente el
efecto de dar ánimos a la oposición boliviana y quitar
arrestos a los sectores duros que presionan a Evo para
romper de una vez las reglas del juego democrático en
el país andino. Ojala también suponga un referente
directo para el pueblo boliviano: no hay que olvidar
que Bolivia era en el 2004 uno de los dos polos en el
diversificado escenario de apoyo a la democracia en la
región. En efecto, según el estudio del PNUD sobre
democracia de ese año, Bolivia era el país con mayor
cantidad de gente que declaraba estar organizada en
algún grupo social o político (algo más de la mitad),
pero también el de menor apoyo a la democracia (sólo
un tercio del total). Exactamente lo opuesto que
sucedía en Uruguay (un tercio y tres cuartos
respectivamente). 

Esperemos que la derrota del proyecto chavista, lejos
de suponer un fortalecimiento de la derecha en la
región, pueda significar un poderoso fortalecimiento
del liderazgo de la izquierda democrática uruguaya,
brasilera, argentina y chilena en toda América del
Sur. A eso debería jugarse toda la izquierda
democrática continental.

Hay un asunto que destaca en la situación venezolana
post-referendo y es que el gobierno de Chávez ha
encajado limpiamente la derrota. Las tentaciones de
fraude fueron descartadas en esas interminables seis
horas que tardaron en llegar los resultados, y, a
partir de ahí, el reconocimiento de la derrota por
parte de Hugo Chávez mantiene las decisiones internas
exclusivamente en manos de los venezolanos y
venezolanas. En esas condiciones, todo intento de
intervención exterior debe ser radicalmente rechazado
por toda la izquierda democrática regional. Algo que
debería hacer reflexionar a esos exsocialdemócratas
que andan mendigando soluciones mafiosas en los
alrededores de la Casa Blanca. Es con el ejercicio de
la conciencia democrática como se enfrentan las
propuestas que recortan la democracia, como acaba de
ser demostrado.



  



      
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