América Latina y la trampa de desigualdad 

RAFAEL DOMÍNGUEZ MARTÍN 
        EL PAÍS  -  Opinión - 21-12-2007   América Latina es la región más 
desigual del mundo. La desigualdad es invasiva: afecta al ingreso, la 
educación, la salud y al funcionamiento de los mercados de tierra, capital y 
trabajo. Y además es persistente, pues apenas ha disminuido en los últimos 15 
años. Cuando un 40% de la población es pobre, las estrategias para combatir 
esta lacra que estén basadas tan sólo en el crecimiento son insuficientes.
En primer lugar, porque la desigualdad enmascara la pobreza si el ingreso está 
muy concentrado. En América Latina el 10% de los más ricos recibe en promedio 
el 36% de la renta, pero por encima del 40% en Brasil, Bolivia y Colombia. Si 
se descuenta la parte del PIB controlada por ese top 10, y se calcula el PIB 
per cápita promedio de la población no rica, Bolivia, Honduras, Nicaragua y 
Paraguay se convierten en países de renta baja, pese a que el agregado nacional 
los sitúa, al igual que a Brasil y Colombia, en la lista de países de renta 
media.   
En segundo lugar, porque la desigualdad disminuye la capacidad de reducción de 
pobreza del crecimiento. En Brasil, que tiene la máxima desigualdad junto con 
Bolivia (un coeficiente de Gini de 0,61 frente al 0,33 de la OCDE), una 
disminución de dicho coeficiente en cinco puntos permitiría reducir la pobreza 
a la mitad en 10 años con un crecimiento del 3% anual, frente a los 30 que se 
tardaría al mismo ritmo si la desigualdad permaneciera constante.   
Y, en tercer lugar, porque la elevada desigualdad es un lastre para el propio 
crecimiento. La desigualdad genera inestabilidad social y política y propicia 
la volatilidad macroeconómica, lo que deprime a largo plazo la tasa agregada de 
ahorro e inversión. Al igual que demasiada igualdad disminuye la productividad 
laboral y difunde el free riding disparando los costes de supervisión (caso de 
Cuba), demasiada desigualdad bloquea la movilidad social. Ello hace aflorar los 
comportamientos predatorios o delictivos, erosiona la cohesión social 
(confianza en la gente) y daña la legitimidad de las instituciones (confianza 
en el Gobierno), con las previsibles secuelas de violencia e inseguridad.   
Estos males públicos desincentivan la acumulación de capital físico, humano y 
social, y elevan los costes de transacción. Las consecuencias deletéreas para 
el crecimiento se acaban de estimar en una reducción de 1,1% puntos de tasa de 
anual para América Latina, que por algo es también la región más insegura del 
mundo.   
No es casual que en los últimos años se haya generado un consenso académico, 
trasladado rápidamente a la doctrina de los organismos multilaterales de 
desarrollo, basado en la necesidad   
de corregir las desigualdades para impulsar el crecimiento. Porque para reducir 
la desigualdad no basta crecer: se necesitan medidas redistributivas estáticas 
(vía impuestos) y dinámicas (vía gasto público), que desactiven las 
instituciones ineficientes y las políticas subóptimas alentadas por ciertos 
grupos de interés. En caso contrario, éstos tienden a perpetuarse mediante la 
captura del Estado (gran corrupción) y con actuaciones que hacen persistir el 
subdesarrollo: es la trampa de desigualdad.   
Esta trampa describe de manera muy precisa la realidad de Latinoamérica, donde 
la desigualdad alimenta la corrupción a través de la destrucción masiva de la 
confianza interpersonal y en las instituciones. La región es mucho más corrupta 
de lo que cabría esperar de su nivel medio de PIB per cápita, porque es la más 
desigual. Existe entre la opinión pública una amplia constatación de la 
extensión y persistencia del fenómeno de la corrupción, que echa sus raíces en 
la desigualdad de influencia y de riqueza, como muestra sistemáticamente el 
Latinobarómetro.   
Si la corrupción es el resultado del intento de los ricos de preservar su 
posición, minimizar el papel del Estado no tiene por qué ser necesariamente la 
política apropiada: la baja provisión de servicios administrativos puede darse 
de manera deliberada con el objetivo de crear una renta y su redistribución vía 
corrupción.   
Éste es el problema de los Estados débiles de América Latina señalado por el 
Banco Mundial: Estados que fallan en la provisión de bienes públicos, lo que 
afecta negativamente a los pobres, que se someten a la pequeña corrupción (pago 
de extorsión y comportamientos oportunistas y fraudulentos) para asegurarse 
dichos servicios, de manera que acaban interiorizando las prácticas de 
corrupción como la forma apropiada de comportamiento, mientras los ricos 
ejercen su influencia privada para conseguir un reparto selectivo, truncando 
los sistemas de bienestar en su propio provecho.   
Como la corrupción contribuye a la apropiación desigual de la riqueza y los 
privilegios al inhibir cambios institucionales que amenazan las ventajas 
existentes de los ricos, la corrupción también alienta la propia desigualdad. Y 
lo hace minimizando la progresividad del sistema fiscal, deteriorando el nivel 
y efectividad del gasto social y disminuyendo el crecimiento económico.   
Así, cuanto más cortoplacista y menos predecible es la corrupción (corrupción 
degenerativa), más dañino es el efecto sobre la inversión doméstica y 
extranjera (al elevar los riesgos e introducir inseguridad en los derechos de 
propiedad), y sobre la eficiencia (al promover monopolios y búsqueda de rentas 
en detrimento de la libre competencia y las mejoras en la productividad). Según 
un estudio reciente, un 10% de incremento de la corrupción disminuiría la tasa 
de crecimiento en Latinoamérica en un 2,6%, frente al 1,7% de los países de la 
OCDE y Asia (con corrupción desarrollista).   
En sistemas democráticos como los de la región, corrupción y desigualdad pueden 
correr en paralelo a través de la integración vertical de los pobres en 
estructuras clientelares y la destrucción masiva de la confianza interpersonal. 
Con instituciones de voz y representación débiles, en América Latina sólo un 
17% de los encuestados cree que pueden confiar en la mayoría de las personas, 
lo que les lleva a confiar sólo en los de su propio grupo alimentando el 
clientelismo, mientras que instituciones básicas del Estado de derecho se 
sitúan en niveles mínimos de confianza (policía y Gobierno, 39%; sistema 
judicial, 30%; partidos políticos, 29%, y Parlamento, 20%), según el 
Latinobarómetro de 2007.   
Por tanto, para romper el círculo vicioso de desigualdad-corrupción-desigualdad 
se precisa afianzar la confianza interpersonal y en las instituciones, 
empezando por liberar de la corrupción al propio proceso de creación de reglas. 
  
Si partimos de la doble hipótesis de Tocqueville de que la igualdad promueve el 
desarrollo económico y es la pasión democrática por excelencia, las políticas 
de cooperación al desarrollo deben vincular el robustecimiento de la democracia 
a la mejor distribución de los recursos y los ingresos. Porque como decía el 
aristócrata francés, la "igualdad suscita naturalmente a los hombres el gusto 
por las instituciones libres". En caso contrario, veremos estallar los 
"entusiasmos infundados" (Vargas Llosa dixit) que suscitan ciertos líderes 
populistas en vías de proliferación incontrolada.
       
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