Hola, tal com us havia dit, us envio un text per llegir aquests dies de vacances, �s un trosset d'una novel�la de la Toni Morrison que es diu "Ojos Azules" en la versi� en castell�. No hi ha cap traducci� d'aquesta novel�la al catal� (si m'equivoco, si us plau, digueu-m'ho), aix� que us envio el fragment en castell�. Una traducci� al catal� feta cuita corrent perdia molt i seria una ll�stima. No s�c traductora i em falten recursos. M'hauria animat a fer-la si hagu�s pogut partir de l'original, per�...
 
Per a aquells que no ho sapigueu, la Toni Morrison va ser la primera dona negra a guanyar el Nobel de literatura, el 1993. Per qu� entengueu millor el text, heu de pensar que la que explica la hist�ria �s, doncs, una dona negra.
 
Que el disfruteu.
 
Aida.
 
 
 
Toni Morrison Ojos Azules, 1970
 
    Empez� en Navidad con los regalos de mu�ecas. El regalo supremo, el especial, el m�s amoroso era siempre un gran beb� de ojos azules. Por los ruidos cloqueantes que emit�an los adultos, yo sab�a que aquella mu�eca representaba lo que ellos cre�an que era mi m�s preciado deseo. A m� me dejaba estupefacta tanto la cosa en s� como el aspecto que ten�a. �Qu� se esperaba que hiciese yo con ella? �Fingir que era su madre? No me interesaban los beb�s ni el concepto de maternidad. Me interesaban s�lo los seres humanos de mi edad y de mi tama�o, y era incapaz de experimentar el menor entusiasmo ante la perspectiva de ser madre. Maternidad equival�a a vejez y a otras posibilidades remotas. Aprend� r�pidamente, no obstante, lo que supon�a que deb�a hacer con la mu�eca: acunarla, inventar historiadas situaciones en torno a ella, incluso dormir con ella. Los libros ilustrados estaban llenos de ni�as que dorm�an con sus mu�ecas. Generalmente eran mu�ecas de trapo, pero en mi caso �stas eran inaceptables. Me repugnaban f�sicamente y, en secreto, me asustaban aquellos ojos redondos y est�pidos, la cara de torta y el pelo de color naranja que parec�a compuesto de gusanos.
    Las dem�s mu�ecas, que en teor�a deb�an proporcionarme un gran placer, coincid�an en justamente lo contrario. Cuando me llevaba una mu�eca a la cama, sus miembros duros y r�gidos repel�an mi carne; las yemas ahuesadas de sus dedos me ara�aban. Si, dormida, me volv�a entre las s�banas, la cabeza fr�a y dura como un hueso colisionaba con la m�a. Era la compa��a m�s inc�moda y evidentemente m�s agresiva que una pod�a tener en el lecho. Y abrazarla no resultaba en absoluto m�s gratificante. La gasa almidonada o los encajes del vestido de algod�n te irritaban la piel. A m� me inspiraba un solo deseo: despedazarla. Ver de qu� estaba hecha, descubrir su presunta dulzura, encontrar la belleza, el deseado encanto que a mi se me escapaba, y al parecer �nicamente a m�. Adultos, ni�as mayores, tiendas, revistas, diarios, escaparates, el mundo entero se hab�a puesto de acuerdo en que una mu�eca de piel rosada, cabello amarillo y ojos azules era lo que toda ni�a consideraba un tesoro. "Mira-dec�an- lo bonito que es esto, y si tu lo mereces debes tenerlo." Yo tocaba con los dedos la cara de la mu�eca, intrigada por sus cejas, que eran un simple trazo; le rascaba los nacarados dientes, que asomaban como dos teclas de piano entre los labios rojos. Resegu�a el perfil de la nariz respingona, picaba los vidriosos ojos azules, retorc�a los pelos amarillos. No pod�a amarla, pero s� pod�a examinarla para ver qu� era lo que el mundo entero clasificaba como adorable. Hab�a que romper los diminutos dedos, doblar aquellos pies planos, desprender el cabello, retorcerle el cuello para que girase, y la mu�eca produc�a entonces un sonido; un sonido que dec�an que era un dulce y quejumbroso "Mam�" pero que yo interpretaba como el balido de una oveja moribunda o, m�s exactamente, como el chirriar de las bisagras oxidadas cuando la puerta de nuestra nevera se abr�a en el mes de julio. Si arrancabas aquellos fr�os y est�pidos ojos, la mu�eca segu�a balando, "Aaaah"; si le quitabas la cabeza, vaciabas a sacudidas el serr�n, le romp�as la espalda contra la barra met�lica de la cabecera de la cama, continuaba balando. Cuando el tendal de la espalda se desgarraba, entonces ve�as el disco con seis agujeros, el secreto del sonido. Una simple pieza redonda de metal.
 
 
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