Tambi�n en el f�tbol hay cabezas viejas igual que en cualquier rubro. Cabezas viejas que no entienden lo nuevo. Adentro la informaci�n de toda la vida se les gasta, y cuando intentan ingresar una nueva, se bloquean y la expulsan. Se quedan con el recuerdo de cuando alguna vez pensaban.

Es que es m�s f�cil aferrarse a la nostalgia sublimada del pasado que desafiarse a elucidar lo que "a�n se est� haciendo". Lo que todav�a no asent� jurisprudencia en el g�nero.

Marcelo Bielsa encarna una especie no incluida a�n en el vadem�cum de su rubro. No es un genio: es un autor no promedio. Un constructor en solitario. El forastero que suscita desconfianza porque no toma mate, como todos, o porque no se pone el poncho. El planeta es un contenedor de cabezas viejas. Tambi�n la Argentina de izquierda y de derecha. Hay economistas cuyas cabezas no logran entender la pobreza nueva. Porque �nicamente estudian la riqueza y no le adjudican a �sta ninguna consecuencia tr�gica. Y hay militantes escorados a la izquierda que mal creen que la globalizaci�n es una ideolog�a y quieren combatirla desde una carpa en la Plaza de Mayo.

Somos sedentarios y nos asusta el pensamiento n�made. Cuando lo sacude un provocador con argumentos se le oponen enseguida argumentos que lo sedan. La esposa ya instalada en la costumbre ofrece menos riesgos que la pr�xima amante, aunque aqu�lla ya no sea sino un adi�s silenciado por la gratitud y las convenciones. La vanguardia crea de inmediato retaguardia. Piazzolla, a muchos, hac�a extra�ar a D�Arienzo. Ni siquiera a Troilo. La propiedad horizontal a la casa chorizo o al chal� de barrio. La nouvelle cuisine al puchero. Y aunque el que se queda atado presiente que se apaga y que sus sentidos se agotan, se resigna a ellos antes que volver a incendiarse para sentirse encendido.

Marcelo Bielsa es un protagonista del f�tbol argentino que, como dijo el dramaturgo Pavlovsky, "no encaja con el imaginario que exige la fantas�a del p�blico argentino". No profesa el c�digo. Es como un extranjero en un paisaje nativo rechazado porque a la aldea no le gusta el surtido y se ata al monocultivo �tnico. Hasta su voz y sus expresiones descubr�an otro origen y otra escuela que las cl�sicas del mundo del potrero transferidas por la falsa a�oranza de quienes nunca jugaron en potrero.

Parec�a t�mido. Revolucion� la relaci�n con los medios ubic�ndolos apropiadamente en la platea mientras �l ocupaba el escenario. Oblig� a que los inteligentes se notaran porque siempre son menos que los otros. Estos se sent�an ofendidos. Bielsa los dejaba expuestos a la intemperie ante la audiencia marcando la obviedad o la idiotez de sus preguntas. El ministro Lavagna, en esta disciplina, es otro especialista. El "loco" Bielsa, como s�lo algunos pocos locos lo hacen, deschavaba en la sociedad del f�tbol las ausencias espirituales que un creador encuentra en la actitud colectiva que se resiste a involucrarse y avanzar en la experiencia. Nadie sabe si �l necesitaba ser querido pero no conced�a al discurso del sentimiento para conseguir el resultado.

Es curioso: el f�tbol, que tiende a ser arte y por lo tanto es natural que se transforme, no aguantaba que Marcelo Bielsa transformara la sustancia. Y en �l la sustancia son la introspecci�n privada y la condici�n �tica sin alharacas de ciudadano decente. No fue un revolucionario de la estrategia sino de la conducta. Se comportaba como un docente en un �mbito habituado a otro culto primitivo. No luc�a autoritario ni severo sino frontal y terap�utico. Le faltaba picante. Luc�a como un cient�fico que, luego de haber descubierto una f�rmula, en vez de ponerse a gritar alborozado se queda con la duda y espera contrapruebas para asegurarse.

Cuesta imaginarlo conversando con Grondona, el presidente de la AFA; a lo mejor nunca llegaron ninguno de los dos a traducirse lo que se dijeron. El idioma de Grondona est� m�s difundido: tiene m�s c�mplices.

Por Orlando Barone

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