Buenas,

Un poco de humor, por lo de las "merecidas vacaciones", extraido del
libro "El dardo en la palabra", y que debería ser de lectura obligada
para todos cuantos quieren hablar bien el castellano. Son dos libros.

Es para darle un punto irónico inteligente. Que nadie se ofenda.


CARLOS MESA




LENGUAJE ORTOPÉDICO

Por FERNANDO LÁZARO CARRETER


 Hay tonterías que gustan mucho, y que distraen del desconsuelo a que
conduce el eclipse veraniego de radios y televisiones; porque entre sus
gobernantes se ha implantado la idea de que el estío del calendario
conduce a la sequía de los cerebros, y de que seremos incapaces de
absorber la carga mental con que nos ponen a prueba durante la
temporada. ¿Quién, con este calor -deben de pensar-, podría celebrar
como merece el humor de esos dos cómicos que, vestidos casi siempre de
mujeres con moño y presunto olor a chotuno, fluye desde TVE apenas asoma
el otoño? Por sólo poner un ejemplo, si bien desgarrador, de las
carencias culturales a que nuestros audiovisuales -puesto que los
pagamos- nos someten siempre en este par de meses. Por fortuna, el
lenguaje no deja de peregrinar por las ondas, y de hacer estación -nunca
de penitencia- en los medios escritos. Entre las cosas más entretenidas
figuran los tópicos; así, ahora que millones de ciudadanos huyen por las
carreteras a lugares de donde pronto querrán huir, se dice que marchan a
gozar de unas bien merecidas vacaciones. Ya hace años me fijé en esta
sandez, pero ahí sigue, sin que a sus usuarios se les haya pasado por la
cabeza que a más de uno de esos fugitivos habría que obligarles a dar
algún golpe (o un palo al agua, como ahora se dice donosamente). Otro
apreciado tópico, pero más moderno, es eso de hacer los deberes:
'Nosotros hemos hecho ya los deberes -dice un contertulio radiofónico,
despidiéndose hasta septiembre- y podemos tomarnos unas merecidas
vacaciones'. El tal quiere decir que ya ha hecho cuanto tenía que
hacer, y se siente tan satisfecho de sí como un tierno niño o una tierna
niña cuando llegan las diez de la noche y cierra el cuaderno de las
divisiones y los morfemas. Pocas cosas hay más útiles que los tópicos:
dan la idea acuñada, sin haber hecho el esfuerzo de troquelarla; circula
como la buena moneda (es decir, el euro) que no va de mano en mano,
porque 'to' er mundo se la quea'. Nada más desgarrador que la
avaricia de una enorme masa de hablantes para apropiarse de lo
mostrenco, que, tal vez, tuvo gracia u originalidad en el momento de su
invención. Después, repetido como una señal de modernidad, es sólo una
ortopedia que ahorra el esfuerzo de hablar por cuenta propia. Hay,
incluso, alguna trivialidad de este tipo que ha sido elevada al altar de
la ley, como ya vimos en la de Enjuiciamiento Civil, que salta de un
párrafo a otro con la liana en otro orden de cosas. Algunos de estos
inventos sustitutivos que absuelven del esfuerzo de buscar y de hallar
tienen gracia originaria; así, fue buena la decisión que se tomó en
francés, alrededor del año 1959, de crear una metáfora extrayéndola del
semáforo: donner le feu vert o feu rouge, para significar que algo ha
sido autorizado o denegado, y que puede continuar o debe detenerse. En
español se adoptó el término semáforo a mediados del siglo XIX, con sólo
su inicial significado de señal marítima, común en las restantes lenguas
europeas, pero, en su acepción de 'señal luminosa para regular el
tráfico', no entró, como es lógico hasta la instalación de estos
torturantes aparatos, cuyo nombre no registra la Academia hasta 1971.
Sin embargo, nuestros oteadores dieron pronto con la locución francesa,
y dar luz verde o dar luz roja pasó, vía medios de comunicación, a un
estrato de lengua semiculto; es poco probable que uno de nuestros
pequeños y sufridos ganaderos diga que el Gobierno va a dar pronto luz
verde al vacuno, pero es seguro que sí lo dirá un subsecretario, si no
un ministro. Y que lo endilgarán a sus medios respectivos los dóciles
asiduos a sus ruedas de prensa. He recordado algunas veces la
maravillosa respuesta del último rey portugués, Manuel II, cuando,
habiendo preguntado el nombre del embajador hispano que había de recibir
aquella mañana, el pudoroso ayuda de cámara no se atrevía decírselo. Por
fin, ante la insistencia del monarca, acaba cediendo: 'No sé si debo,
Majestad, pero se llama Raúl Porras y Porras'. Estos sustantivos
nombran en portugués lo que cabe imaginar. El Rey, con una mueca de
elegante contrariedad, se limitó a comentar: 'O que chateia (lo que
molesta) é a insistència'. Eso es lo que ocurre con el tópico en la
expresión. Considero, sin embargo, minúsculas bagatelas las trampas
expresivas mencionadas en comparación con la tremenda memez que suele
ponerse como remate o epifonema a la información de algo que, de seguro,
va a suscitar controversia. Por ejemplo, que el Príncipe quiere casarse
con una señorita de sangre roja; un prohombre ha dicho que le parece
mal, que la novia debería ser de prez y de casta; una diputada le ha
saltado al cuello alegando que las cosas del corazón no se deciden con
análisis genealógicos. El asunto es grave: ¿se debe acudir a la
hemostasia sentimental para detener la hemorragia?, o ¿debe permitirse
que el flujo amoroso corra y mane a ojos vistas? Y el informador remata
el relato diciendo sentenciosamente: La polémica está servida, igual que
anunciaría un mayordomo la cena. Da lo mismo un asunto u otro; en
cualquier caso, y siempre que el hecho produzca diversidad de opiniones;
la polémica estará servida. En quienes se expresan así, no cabe mayor
resignación del orgullo de ser ellos mismos. Entre tanto, una vieja
palabra nuestra se ha visto enriquecida con un ensanchamiento que, en mi
opinión, mejora notablemente nuestra visión del mundo. Desde hace pocos
años, los jugadores y los toreros aseguran en sus declaraciones que
disfrutan mucho en el estadio o en la plaza. Desaparece así de nuestra
compasión la inquietud que causaba verlos afanados en quedar bien y en
no arriesgar tibia o femoral: ya sabemos que están disfrutando a fondo,
y no podemos hacer otra cosa que envidiarlos por lo bien que lo pasan.
No es que disfrutar sea un dislate: desde el siglo XVIII, además de
recoger el fruto, significa 'gozar'. Pero no parece que el disfrute
sea compatible con el temor a errar, siempre presente en esos oficios.
Quien lo hace bien puede sentirse electrizado, dueño del mundo, poseedor
de una fuerza casi erótica; pero el Diccionario académico, normalmente
tan sensato, da a disfrutar el significado de 'sentir placer,
experimentar suaves y gratas emociones'. Es impensable que esto ocurra
a un as del volapié o de la chilena. Seguro que un entrenador antiguo no
sacaba el equipo al campo a que experimentara emociones suaves y gratas.
Ni que al torero, cuando sale a recoger el toro le dijera a un peón, con
la gravedad que impone la montera calada hasta las cejas: '¡Que lo
disfrute, maestro!'. Ahora sí; y hasta es posible que el público, si no
disfruta, mande a unos y otros a la porra de antes.






Con fecha 5/7/2007, "[EMAIL PROTECTED]" <[EMAIL PROTECTED]>
escribió:

>Buenos dias a [EMAIL PROTECTED] [EMAIL PROTECTED] [EMAIL PROTECTED],
>
>Se han ido todos de merecidas vacaciones?????? pues no he recibido
>mensajes, salvo que existan listas privadas y no tengamos acceso a ellas.
>
>Bueno pues nada que tengan un buen dia.,
>
>Saludos,
>
>Camilo.
>
>mmvii
>
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