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From: rufino abaroa
To: rufino abaroa
Sent: Saturday, January 01, 2011 7:10 PM
Subject: El legado de Carlos Andrés Pérez
Cuando Pinochet, Videla y otros asolaban el Cono Sur, el extinto presidente de
Venezuela dio asilo a miles de víctimas y trabó alianzas internacionales contra
la dictadura
El legado de Carlos Andrés Pérez
Rodolfo Terragno
Eran chilenos que, si no hubiesen huido, se habrían consumido en las hogueras
de Augusto Pinochet. Eran uruguayos que estaban vivos porque Gregorio Álvarez
no había tenido oportunidad de prenderlos. Éramos argentinos perseguidos por
los Videla, los Massera y los Agosti de aquella Argentina aciaga.
Carlos Andrés Pérez (presidente de Venezuela entre 1974 y 1979)
nos salvaguardó a todos.
De no haber sido por él, y su ministro Diego Arria, se habría hinchado aun más
las macabras bolsas de las dictaduras del sur, llenas de “desapariciones
forzadas”, ejecuciones subrepticias y feroces torturas.
Como asesor de aquel gobierno, me correspondí elevarle al Jefe de Estado,
periódicamente, noticias sobre la represión en la Argentina. Él solía
compartir tal información –y otra que le llegaba de fuentes diversas—con Jimmy
Carter. Fue a raíz de su contacto con los Estados Unidos que trabé amistad con
Bob Pastor, asesor para Asuntos Interamericanos de Carter. Bob impulsó en el
Capitolio la “enmienda Humphrey-Kennedy”, por la cual el Departamento de
Defensa dejó de proveer equipos y asistencia militar a la Argentina. Pérez
desempeñó, en esto, un papel protagónico.
Carter le recomendó, sin embargo, no sumarse a las sanciones de los Estados
Unidos contra la Argentina. La tesis del gobierno norteamericano era que,
mientras el Departamento de Estado acosaba a la dictadura, otro país debía
lograr avances por la vía del diálogo.
Pérez y su embajador en Buenos Aires, Ernesto Santander, realizaron gestiones
a favor de numerosos desaparecidos. A la vez, durante la visita de Jorge Rafael
Videla a Caracas, en 1977, el presidente venezolano se valió de un memorando
–que yo preparé junto con Tomás Eloy Martínez y otros argentinos exilados— y
mostró al dictador su preocupación por las “aparentes” violaciones seriales de
los derechos humanos en la Argentina.
Las vidas salvadas por tales gestiones fueron pocas, dada la magnitud de los
crímenes cometidos por el régimen y la descentralización del aparato represivo.
Pérez, de cualquier manera, hizo todos los esfuerzos posibles para ayudar a la
pacificación de la Argentina. Algunos lo acusaron de “doble estándar” porque,
mientras condenaba las violaciones de los derechos humanos en el Cono Sur,
restablecía relaciones con Cuba y mantenía vínculos estrechos con la Unión
Soviética y China. Sus críticos presumían que a aquel social-demócrata sólo lo
preocupaban los crímenes de la derecha.
Yo sentí que Pérez procuraba influir allí donde hubiera (o él
creyese que había) posibilidad de tener algún efecto. Supuso que ése era el
caso de la Argentina, y actuó en consecuencia.
No sólo por eso debe ser reconocido.
Promovió la cultura como nadie. La Fundación Gran Mariscal de Ayacucho, creada
por él, becó a decenas de miles de estudiantes. El propósito era que –con el
apoyo financiero del Estado venezolano— realizaran post-grados en las
principales universidades del mundo, bajo la promesa de volver luego a
Venezuela. La realidad demostró que el proyecto no era ilusorio: un sinnúmero
de jóvenes venezolanos se perfeccionó en el exterior y regresó a su tierra.
Pérez creó, también, la Biblioteca Ayacucho, y confió la dirección literaria a
un notorio desterrado uruguayo: Ángel Rama. Esa deslumbrante editorial pública
imprimió obras precolombinas, como las del Inca Garcilaso de la Vega;
documentos históricos y clásicos de las letras iberoamericanas, entre ellos las
tradiciones peruanas de Ricardo Palma, el pensamiento del “oriental” José
Enrique Rodó y una colección de teatro rioplatense.
En materia económica, Pérez fue intervencionista. Nacionalizó el petróleo y el
hierro; creó Petróleos de Venezuela (PDVSA) y prohibió el despido arbitrario.
Hay quienes, por desconocimiento, dicen que en su segundo gobierno (1989-1993)
hizo un “giro al neoliberalismo”. El segundo período fue distinto del primero,
pero no por una mutación ideológica. El barril de petróleo que, a principios de
los 80 costaba 54 dólares, a fines de los 90 había bajado a 11 dólares. En su
segundo mandato, Venezuela pasó a recibir 20 por ciento de lo que entraba una
década antes. En esas condiciones, el ajuste no era un vuelco doctrinario; era
una necesidad.
Las restricciones causaron, como era natural, el descontento social y el
fracaso de la gestión.
Pérez sobrevivió a fallidos golpes de Estado, pero no a una decisión judicial
que lo destituyó por presunta corrupción. Él, que había contribuido al
derrocamiento de Somoza, apostaba a que Violeta Chamorro –más que Daniel
Ortega— establecería en Nicaragua una democracia ortodoxa y estable. Empleó
entonces fondos reservados de su gobierno, no en provecho personal sino para
conceder apoyo financiero a Chamorro. Fue por eso que se la condenó. En la
Argentina, donde se ignora adónde van los fondos reservados –y se sospecha que
no es a fortalecer democracia alguna-- aquella condena habría resultado exótica.
Sin embargo, quienes tienen “memoria final”, recuerdan la triste caída de
Pérez, y borran sus luchas, su vocación progresista y el ardor con el que
defendió los derechos humanos.•
DURANTE LA DICTADURA EL AUTOR ESTUVO EXILIADO EN VENEZUELA
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