El plazo concedido por la enfermedad y la dilatada recuperación del Comandante 
Fidel Castro ha venido a desempeñar un papel similar al que en su momento jugó 
el empecinamiento en el poder del dictador Fulgencio Batista. En ambos casos, 
más que un obstáculo al cambio, la permanencia de Batista entonces y Fidel 
ahora fueron recursos indispensables para posibilitar el afianzamiento y la 
capacidad de una vanguardia que se aprestaba a tomar el mando. Ejercito rebelde 
antes de 1959 y Raúl y sus aliados ahora.
Ello ha permitido a la cúpula gobernante desempeñar el papel de vanguardia 
asignado por Lenin a la clase dirigente. Mientras que tanto el emigrado como el 
residente de la Isla esperan por la muerte de Fidel, Raúl y sus colaboradores 
más cercanos consolidan posiciones.
Esta toma paulatina del poder, facilitada en buena medida por un mecanismo de 
sucesión establecido que ha funcionado a la perfección, sólo ha necesitado de 
dos tácticas para funcionar con la implacable certeza de un mecanismo de 
relojería: una es pregonar que Fidel se mantiene “al tanto de todo”, con el 
“teléfono a mano”, “dando órdenes”: la eficiencia de la maquinaria depende de 
la discreción y la modestia para lograr sus fines. Demostrar que no hace falta 
el máximo líder es echar por tierra la justificación de un sistema que los 
cubanos han soportado por demasiado tiempo. El otro es abordar los aspectos 
prácticos que endémicamente han mostrado su ineficiencia no como problemas del 
sistema o consecuencias de su inoperancia, sino como aspectos disfuncionales 
capaces de ser enmendados: la indisciplina, el robo y la corrupción son hasta 
ahora los principales puntos que Raúl y sus seguidores vienen destacando como 
males a enfrentar.
Es cierto que con la desaparición de Fidel Castro se pondrá fin a un estilo de 
gobierno unipersonal, caprichoso y errático. El nuevo mandatario buscará 
enmendar todos esos errores. con el establecimiento de una estructura de toma 
de decisiones donde la delegación de poderes y una mayor autonomía en la 
gestión desempeñarán un importante papel. Pero ese modelo es perfectamente 
posible sin que implique una mayor libertad económica —al estilo de la economía 
liberal— y nada tiene que ver con las aspiraciones democráticas de la 
ciudadanía.
De llevarse a cabo estas reformas, la población se beneficiará con una mejora 
en los servicios y los salarios, pero al mismo tiempo aumentarán las exigencias 
laborales. No hay que esperar grandes cambios democráticos impulsados por el 
mando de Raúl, aunque sí es posible una mejora en el nivel de vida de la 
población y por primera vez la puesta en funcionamiento del Partido Comunista, 
que hasta el momento se ha caracterizado por la falta de iniciativas. Por otra 
parte, tampoco puede negarse que en la Cuba actual se permiten expresar muchas 
más verdades que pocos años atrás. Digamos entonces que se han producido 
cambios —tolerados pero no generados por el gobierno— que permiten cuestionar 
la visión de inmovilidad, respecto a la situación imperante actualmente en la 
isla, que pretende imponer mecánicamente el exilio más convervador de Miami.
En el terreno internacional, una vez abandonado el protagonismo y los 
frecuentes cambios de actitud de Fidel Castro, La Habana disfruta de un avance 
en los vínculos —comerciales y de todo tipo— y una estabilidad diplomática no 
conocida en período anterior del proceso iniciado el primero de enero de 1959. 
La ofensiva diplomática iniciada tras el traspaso temporal del mando 
administrativo, debido al padecimiento del gobernante cubano, ha sido amplia y 
exitosa. No gracias precisamente a la función del ministro de Relaciones 
Exteriores, sino a la multiplicación de los esfuerzos conducidos por múltiples 
funcionarios de alto rango. En Cuba se ha multiplicado el papel de la 
cancillería: la voz, la figura y la autoridad de Fidel Castro distribuida en 
varios “cancilleres”: vicepresidentes, ministros, presidente de la Asamblea del 
Poder Popular, “embajadores” y enviados diversos, que van desde la astucia de 
Ricardo Alarcón hasta la simpatía de Mariela Castro repitiendo declaraciones,
 frases amables, principios, unas pocas medias verdades y alguna que otra 
mentira, los cuales siempre encuentran oídos receptivos y periodistas y medios 
de prensa inclinados desde un principio a una aceptación que recorre todo un 
espectro: desde una actitud pasiva hasta cierta complicidad reiterada. Al 
final, un mundo —en que se incluye Estados Unidos, pese a lo que dice la Casa 
Blanca— que apuesta por la estabilidad en la isla.
Mientras el gobierno de Raúl Castro garantice esta estabilidad, y de momento no 
han indicios de que no pueda hacerlo, la única alternativa está en apoyar esos 
pequeños cambios.
       
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