Chávez, «el Supremo»
POR MANUEL M. CASCANTE
ENVIADO ESPECIAL
CARACAS. Hugo Chávez aún no es Kim Il Sung, pero no por falta de
ganas. Con su proyecto de reforma constitucional persigue perpetuase
en el poder -igual que el «Presidente Eterno» norcoreano- e instaurar
una sociedad socialista con marcados ribetes totalitarios. El culto a
su personalidad se ha disparado en las fechas previas al referéndum,
que el «comandante» plantea como un plebiscito; la machacona
propaganda oficial es explícita: «Sí, con Chávez».
Teodoro Petkoff bautizó al presidente «Yo, el Supremo» (aunque ahora
se refiera a él como «Ego Chávez»). La mención a la obra de Augusto
Roa Bastos -un espejo de Rodríguez de Francia, «Dictador Supremo» de
Paraguay durante un cuarto de siglo- no es gratuita. Chávez es un
epígono de los autócratas que han laminado América Latina desde su
independencia y, al tiempo, es la viva encarnación de esos personajes
«fantásticos» surgidos de la pluma de Valle, Asturias o «Gabo». Pero,
con él, la realidad supera a la ficción.
Por encima de todo, el «comandante revolucionario» es un
telepredicador con galones que aspira a «reafirmar la existencia, la
extensión y la esperanza de la solidaridad, como estrategia política
para contribuir a la construcción del Reino de Dios en la
Tierra» (según la «Exposición de motivos para la reforma de la
Constitución», firmada por su puño y letra).
Como esos pastores protestantes que reclaman lo que es del césar
desde la pantalla, Chávez conoce el poder de los medios y la manera
de utilizarlos. El medio -él mismo- es el mensaje. Así, promedia tres
apariciones públicas al día, retransmitidas por las arbitrarias
televisiones y radios estatales. Y, no por casualidad, en el Comando
Zamora -que dirige la campaña oficialista- arriman el hombro el
ministro de Información, Jesse Chacón, y el director de Telesur,
Andrés Izarra.
Empate técnico
Sin embargo, las encuestas cada vez le son menos favorables. La
empresa privada Hinterlaces reveló ayer que existe un empate técnico
entre los votantes del «sí» y los del «no», un 45 por ciento frente
al 46 por ciento, respectivamente. El mismo día, el partido
minoritario radical Comando Nacional de Resistencia anunciaba el
abandono del abstencionismo y reclamó votar «bajo protesta» contra la
reforma constitucional. Ya sólo Fuerza Solidaria, otro grupo
minoritario, insiste en la abstención.
En el proyecto de esta encubierta nueva Carta Magna, en sus 69
artículos sometidos a consulta, la palabra «presidente» aparece en 34
ocasiones: exactamente el doble que en el texto vigente. Muchos de
los proyectos incluidos en el borrador podrían ser puestos en marcha
mediante decretos (cuánto más cuando Chávez dispone, desde comienzos
de este año, de 18 meses de poderes especiales concedidos por una ley
habilitante de la Asamblea). Pero, para su principal objetivo, la
reelección indefinida, precisa reescribir la Constitución de 1999.
Dicha meta le permitiría a Chávez gobernar, de momento, «hasta 2021».
A su capricho
Además, la reforma le confiere mayores atribuciones al Ejecutivo,
crea un Poder Popular que no surge de las urnas, pone en manos del
mandatario el Banco Central y el Ejército, y define nuevas formas de
propiedad supeditadas al Estado. Uno de sus epígrafes preferidos es
la puesta en marcha de una nueva organización territorial de la
República -creación de comunas, provincias, vicepresidencias y otras
demarcaciones designadas a dedo-, que Chávez denomina «la nueva
geometría política».
Rotulador en mano, ése último es unos de los aspectos que más subraya
en «La hojilla» -grotesco programa de la televisión pública del que
se ha hecho habitual-, donde garabatea sobre mapas de Venezuela, y al
dictado de su capricho, las futuras nuevas entidades federales del
país. Así, entre broma y broma, va dibujando con la zurda un futuro
donde se impondrá «la verdadera democracia».
Como un déspota poco ilustrado (lo suyo es la gramática parda),
aplica a su manera el lema de Luis XIV: «Todo para el pueblo, pero
sin el pueblo». Mientras, su cohorte de palmeros (siempre se hace
acompañar por ministros, altos cargos, pelotas y lambiscones) aplaude
sus chascarrillos y le ríe las ocurrencias. Parece un chiste, pero
maldita la gracia que le hace a medio país._______________________________________________
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