El embargo contra Cuba por parte de E.U. en un delicado momento de relevo en la
Isla Al mundo entero le interesa que la autonomía de la isla sea respetada,
que Cuba forje sus nuevas instituciones y reforme las antiguas sin conflicto o
presiones externas indebidas y deformantes. Un texto de Carlos Fuentes.
Los norteamericanos llaman a un presidente que va de salida y no se puede
reelegir un 'lame duck', un patito cojo. A estas alturas de su fracasada
presidencia, se diría que George W. Bush ni siquiera tiene alas. Lo que sí
tiene es un orgullo ciego, una ignorancia que se ignora a sí misma y el error
de creerse portador de la bondad universal. "Los E.U.", declaró Bush al inicio
de su mandato, "son el único ejemplo sobreviviente del progreso humano". De
allí la soberbia unilateralista con la que se inició la fatal administración
bushista y el corolario que entonces derivó de ella. Condoleeza Rice:
"Olvídense de los intereses de una ilusoria comunidad internacional".
Resulta que nosotros todos los demás- somos la fantasmal "comunidad
internacional" que día con día entierra la ilusión unilateralista de Bush.
Pasamos de la confrontación bilateral de la Guerra Fría a un fugaz
unilateralismo norteamericano, a una comunidad multipolar en la que el poder de
los E.U. se mide con -o contra- los poderes de China, la India, Japón, Rusia y
Europa.
Sin embargo, hay temas que le sirven al presidente Bush para creer que puede
actuar como si el mundo no hubiese cambiado. Uno de ellos es Cuba. De ser
colonia española, la isla pasó a ser un protectorado yanqui: la enmienda Platt
(1913-1934) daba a Washington el derecho a intervenir en Cuba y a establecer
una base naval en Guantánamo. La influencia de los E.U. dominó la vida política
de Cuba hasta 1959, cuando el triunfo de la revolución puso en crisis la
relación, proponiendo un enigma irresuelto: si los E.U. le hubiesen tendido la
mano a Fidel Castro, ¿habría seguido la revolución una senda más moderada,
acaso socialdemócrata o, aun, democristiana? Pero, ¿hubiese Castro aceptado la
mano tendida de Washington? ¿O estaba dispuesto, desde el primer momento, a
independizarse radicalmente del pasado? En cuyo caso, ¿con qué aliado contaría
la isla contra los E.U.? La Guerra Fría ofrecía una respuesta rápida: con la
Unión Soviética, a la sazón presidida por el imprevisible
Nikita Jruschov.
La entrada de Cuba a la Guerra Fría la sujetó a la ayuda de Moscú, a medida
que la economía cubana iba de bandazo en bandazo, abandonando la riqueza
azucarera por una industrialización frustrada, retornando al azúcar pero
despojando de alicientes al campesino, impidiendo dogmáticamente el desarrollo
de la iniciativa privada pero demostrando la incapacidad burocrática para
sustituir al restorantero, al comercio en pequeño, a la pequeña industria y
culpando de las fallas propias al estúpido bloqueo norteamericano, pero
subsanando en parte ambos errores con inversión europea y excelentes logros en
educación y salud.
He evocado más de una vez un cartón editorial norteamericano en el que todos
los presidentes de los E.U., de Eisenhower a Bush padre, entonan la mantra:
"Fidel Castro caerá de un momento a otro". Clinton intentó con seriedad
trascender tan pesada e inútil tradición. Castro se encargó de frustrarla: la
enemistad de Washington ha sido uno de los pilares del poder castrista, uniendo
al pueblo de la isla entorno a la defensa de la patria y orillándolo a soportar
privaciones que sólo en parte se deben al bloqueo y en otra parte, a la
ineficiencia de la economía cubana.
Hoy, Cuba está en transición. Raúl Castro, con toda la cautela que el caso
requiere, ha enviado mensajes insólitos de apertura a los cuales la sociedad
cubana ha dado respuestas esperanzadoras. Se trata de un asunto difícil: el
movimiento de la sociedad y del Estado hacia un sistema más abierto, más
democrático. A condición de que sean los propios cubanos quienes decidan. Algo
de esto sabemos los mexicanos. Nuestra revolución, acosada y acusada por
Washington entre 1910 y 1934, encontró sus propios caminos, culminando, en 1938
con la expropiación petrolera y el acuerdo tácito entre los presidentes
Cárdenas y Roosevelt. Siempre habrá problemas entre México y los E.U. Siempre
podrán resolverse en el diálogo. Los E.U., pues, vivieron muy tranquilos con la
dictablanda del PRI hasta el año 2000.
No comparo la situación de México con la de Cuba sino para llamar la atención
acerca de la doble amenaza que podría ceñirse sobre la transición cubana. La
amenaza menor, porque se trata de un régimen más vociferante que perdurable, es
la del presidente Hugo Chávez, cacareando que Cuba y Venezuela son la misma la
única nación. La amenaza mayor, por supuesto, es el desplante imperial de Bush
en su ocaso. Con singular desacierto (pero muy propio del personaje) Bush saca
a desfilar todos los factores que pudiesen frustrar (o por lo menos retrasar)
la evolución cubana. Envalentona al exilio de Miami, alejándolo de la
participación ciudadana en el futuro de Cuba para animarlo como fuerza de
choque y sustitución del actual régimen. Incita a las fuerzas armadas de Cuba a
la traición. Reitera la política de sanciones contra Cuba. Acusa y desdeña los
esfuerzos europeos por la conciliación y el desarrollo. Le niega al régimen
cubano lo que les da a otros regímenes comunistas como
China y Vietnam: inversiones, diálogo, diplomacia, respeto. Tacha a Cuba de
ser un campo de concentración, olvidando que la peor prisión de la isla es la
base norteamericana de Guantánamo. Y no le ofrece a Cuba más que una velada
amenaza: volver a ser colonia de los E.U. -or else.
Los E.U. están gobernados por un presidente borracho de ideología religiosa y
por un vicepresidente que quiere las guerras de las cuales su cobardía juvenil
le salvó. Yo no se si las amenazas de Bush son sólo, una vez más, retórica
electoralista para que los cubanos de La Florida voten por los republicanos en
2009.
Lo que sí se es que Cuba se encuentra en transición y que al mundo entero,
pero sobre todo a Iberoamérica, le interesa que la autonomía de la isla sea
respetada, que Cuba forje sus nuevas instituciones y reforme las antiguas sin
conflicto o presiones externas indebidas y deformantes.
A la soberbia desatada de Bush, Iberoamérica debe responder con las armas de
la razón, la cautela, la diplomacia, la negociación y el respeto hacia el
pueblo cubano. Enrique Iglesias ha propuesto al rey Juan Carlos como el ideal
moderador de este proceso. Es una muy buena idea. Pero la responsabilidad es de
todos nosotros, los que compartimos tradición, historia, lengua y costumbre con
la hermana nación cubana.
Por Carlos Fuentes.
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